Mtra. Mónica Villalobos Mejía
Psicóloga Clínica especializada en adolescencia y adultez. Magister en Psicología Clínica Infanto-Juvenil y especialista en Terapia Cognitivo-Conductual en adolescentes y adultos.
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Las conductas impulsivas en adolescentes forman parte de un período del desarrollo caracterizado por intensos cambios emocionales y cognitivos. Comprender cómo se expresan, por qué aparecen y de qué manera pueden abordarse resulta clave para favorecer la regulación emocional y el bienestar.
La adolescencia es una etapa marcada por cambios intensos a nivel emocional, cognitivo y relacional. En este período, las conductas impulsivas suelen aparecer como respuestas rápidas frente a emociones intensas o situaciones percibidas como desbordantes. Si bien muchas de estas conductas forman parte del desarrollo, en algunos casos pueden interferir en el bienestar emocional y en el funcionamiento cotidiano.
Este artículo fue desarrollado en colaboración con Mtra. Mónica Villalobos Mejía, psicóloga clínica especializada en adolescencia y adultez, con magíster en Psicología Clínica Infanto-Juvenil y especialista en Terapia Cognitivo-Conductual. Desde su experiencia clínica, se abordan las conductas impulsivas en adolescentes, sus principales factores explicativos y el rol del enfoque cognitivo-conductual en su tratamiento.
Las conductas impulsivas en la adolescencia se refieren a acciones que se realizan de manera rápida, con escasa reflexión previa y fuertemente guiadas por la emoción del momento. Estas respuestas suelen aparecer sin una evaluación consciente de las consecuencias a corto o largo plazo, lo que puede derivar en conflictos, riesgos o malestar posterior.
Desde una perspectiva del desarrollo, es importante distinguir entre la impulsividad esperable de esta etapa y aquellas conductas que se vuelven problemáticas. La adolescencia es un período de exploración, búsqueda de identidad y prueba de límites. Sin embargo, cuando estas conductas se repiten con alta frecuencia, generan consecuencias negativas significativas o afectan áreas importantes como la familia, el colegio o las relaciones sociales, dejan de ser solo parte del desarrollo normativo y requieren un abordaje clínico.
“Algo clave es entender que no toda impulsividad es un problema. La adolescencia es una etapa de exploración, de probar límites y buscar identidad. El punto está en cuándo estas conductas empiezan a generar consecuencias negativas importantes”, añade la docente.
Las conductas impulsivas pueden manifestarse de diversas formas, dependiendo del contexto y de las habilidades emocionales y cognitivas del adolescente.
A nivel emocional, la impulsividad suele estar asociada a emociones intensas y mal reguladas. Rabia, ansiedad, tristeza, vergüenza o euforia pueden experimentarse con gran intensidad, sin que el adolescente cuente con herramientas suficientes para manejarlas.
“Cuando no saben cómo regular lo que sienten, actuar impulsivamente se vuelve una forma rápida de aliviar el malestar. El problema es que ese alivio es momentáneo y muchas veces termina generando más dificultades después”, explica la docente.
A nivel conductual, la impulsividad suele expresarse en acciones visibles que aparecen de forma rápida y reactiva, sin una evaluación previa de las consecuencias. Estas conductas pueden incluir estallidos emocionales, dificultades para inhibir respuestas, toma de decisiones apresuradas o comportamientos de riesgo, y suelen intensificarse en contextos de alta activación emocional.
“En lo conductual, vemos gritos, discusiones constantes, desobediencia, consumo, conductas riesgosas o decisiones tomadas sin evaluar consecuencias. Esto impacta directamente en el contexto familiar y escolar, generando conflictos, castigos, sanciones y mucho desgaste relacional” , detalla la psicóloga.
Las conductas impulsivas en adolescentes no ocurren de manera aislada, sino que se despliegan dentro de contextos relacionales concretos. En la familia y en la escuela, estas respuestas suelen emerger frente a demandas, límites o situaciones vividas como injustas o desbordantes.
“Un ejemplo muy frecuente es el de un adolescente que llega del colegio molesto, se encierra en su pieza y responde de forma impulsiva, levanta la voz, grita o tira la puerta. En el colegio ocurre algo similar: frente a una corrección del profesor o una norma que no le parece justa, el adolescente responde de manera desafiante”, detalla la especialista.
La impulsividad en la adolescencia no responde a una causa única, sino a la interacción de múltiples factores biológicos, cognitivos y contextuales.
Durante esta etapa, el sistema emocional del cerebro madura antes que las áreas encargadas del autocontrol y la toma de decisiones, como la corteza prefrontal. Esta asincronía favorece respuestas más guiadas por la emoción inmediata y la búsqueda de gratificación rápida, aumentando la vulnerabilidad a conductas impulsivas.
A nivel cognitivo, suelen aparecer pensamientos automáticos rápidos y extremos, como “no importa lo que pase después” o “necesito sentirme mejor ahora”. Estos pensamientos intensifican la emoción y empujan a la acción sin pausa reflexiva previa.
Factores como dinámicas familiares tensas, límites poco claros, altos niveles de estrés, experiencias de invalidación emocional o presión de pares pueden reforzar la impulsividad. La acumulación de estos factores incrementa la probabilidad de respuestas impulsivas sostenidas en el tiempo.
La regulación emocional es un componente central en la comprensión y tratamiento de las conductas impulsivas. Muchas de estas conductas funcionan como intentos de manejar emociones que se viven como desbordantes o inmanejables.
Cuando el adolescente no logra identificar lo que siente ni cuenta con estrategias para calmarse, la conducta impulsiva aparece como una solución inmediata. “Si estas habilidades no están desarrolladas, vemos más reacciones automáticas y menos capacidad de pausa”, señala la especialista .
La Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) ofrece un marco estructurado y práctico para abordar la impulsividad en adolescentes, permitiendo intervenir tanto en los pensamientos, emociones y conductas como en el entorno.
Uno de los primeros pasos es ayudar al adolescente a identificar los pensamientos automáticos que aparecen justo antes de la conducta impulsiva. Estos pensamientos suelen ser rápidos, poco cuestionados y emocionalmente cargados.
“Cuando logramos que el adolescente observe estos pensamientos, se empieza a generar una pausa entre el impulso y la acción, y esa pausa es entrenable”, destaca la docente .
Entre las estrategias más utilizadas se encuentran la reestructuración cognitiva, las autoinstrucciones, las técnicas de demora y el entrenamiento en solución de problemas. Estas herramientas permiten ampliar el repertorio de respuestas y reducir la reacción automática.
El trabajo en regulación emocional se complementa con intervenciones en el entorno familiar y educativo. Enseñar a padres y cuidadores a establecer límites claros, regular sus propias reacciones y reforzar conductas adaptativas favorece la mantención de los cambios terapéuticos en el tiempo.
Es recomendable buscar apoyo profesional cuando las conductas impulsivas se repiten con frecuencia, aumentan en intensidad o generan consecuencias relevantes, como dificultades escolares, conflictos familiares persistentes, conductas de riesgo o consumo.
Un abordaje oportuno permite comprender qué factores están sosteniendo estas conductas y trabajar de manera preventiva, antes de que se rigidicen o se asocien a otros problemas de salud mental.
Las conductas impulsivas en adolescentes deben comprenderse como expresiones complejas que integran desarrollo cerebral, emociones intensas, patrones de pensamiento y contextos relacionales. Abordarlas desde un enfoque integral, como el que propone la Terapia Cognitivo-Conductual, permite no solo reducir la conducta, sino fortalecer habilidades de regulación emocional y autocontrol.
Intervenir de manera temprana, involucrando al adolescente y a su entorno, aumenta las posibilidades de generar cambios sostenidos que favorezcan el bienestar emocional y el desarrollo saludable a largo plazo.
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