Dr (c). Jaime Olivos Daza
Psicólogo, Máster en Dirección y Gestión de RR.HH, y Estudiante del doctorado en Psicología. Docente universitario, conferencista internacional y consultor en Neurociencias aplicadas al aprendizaje y a las organizaciones.
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En el marco del Día Internacional del Abrazo, el doctor en Psicología y docente Jaime Olivos reflexiona, desde la evidencia neurocientífica, sobre los efectos del contacto físico afectivo en la regulación emocional, el estrés y la salud mental.

En el contexto del Día Internacional del Abrazo, un abrazo puede parecer un gesto cotidiano, pero la ciencia ha confirmado que tiene efectos profundos en nuestro cerebro y cuerpo. De hecho, evidencias recientes muestran que abrazar es una de las herramientas más poderosas para cuidar la salud física y emocional (Hernández Naranjo, 2025; Cohen et al., 2015). Lejos de ser solo consuelo de abuela, un abrazo reduce el estrés, mejora la confianza y hasta favorece la felicidad (Hernández Naranjo, 2025). ¿Cuál es la clave detrás de este “remedio” universal? La respuesta está en nuestra neuroquímica: en particular, en la oxitocina y otros compuestos que se liberan con el contacto físico.
Cuando nos abrazamos por unos segundos, nuestro cerebro libera oxitocina, conocida popularmente como la “hormona del amor” o del apego (Light et al., 2005). La oxitocina, producida en el hipotálamo y secretada por la pituitaria, está implicada en la conexión social, la confianza y el vínculo afectivo; es la misma hormona que fortalece el lazo madre-hijo durante la lactancia. En adultos, un abrazo estimula su liberación, creando sentimientos de calidez emocional y apego hacia la otra persona (Dunbar, 2016). Incluso tiene un ligero efecto analgésico, ayudando a mitigar dolores o malestar físico (Dunbar, 2016). No es casualidad que tras un buen abrazo nos sintamos más calmados y vinculados con quien nos abrazó.
Pero la oxitocina no actúa sola. El abrazo conlleva también una liberación de endorfinas, los analgésicos naturales del cuerpo. Estudios muestran que el roce suave y sostenido de un abrazo activa receptores táctiles especiales (neuronas C-táctiles) en la piel, que envían señales directas de placer al cerebro y desencadenan la liberación de endorfinas (Dunbar, 2016). Las endorfinas tienen un poder analgésico y de bienestar semejante, aunque sin los riesgos, a los opiáceos (Kwong, 2022).
Esto reduce el dolor físico y emocional, ya que el dolor emocional comparte vías cerebrales con el dolor físico, por ejemplo, en la corteza cingulada anterior; por eso un abrazo puede reconfortarnos tanto cuando estamos tristes o llorando (Dunbar, 2016). Además, las endorfinas activan los centros de recompensa en el cerebro, como la región orbitofrontal, generando una sensación placentera que nos invita a repetir la experiencia (Kwong, 2022). En resumen, un abrazo es un cóctel neuroquímico: oxitocina que fomenta apego y calma, endorfinas que alivian el dolor y nos hacen sentir bien, e incluso dopamina y serotonina indirectamente involucradas en nuestro estado de ánimo.
El efecto antiestrés de un abrazo es quizás su beneficio más inmediato. Al abrazar, se reducen los niveles de cortisol, la hormona del estrés (Hernández Naranjo, 2025; Dreisoerner et al., 2021). El contacto físico activa en nuestro sistema nervioso una respuesta de seguridad: el cerebro interpreta el abrazo como señal de que estamos a salvo. De hecho, el tacto cercano —como los abrazos, caricias o tomarse de la mano— envía una señal subconsciente de “estás seguro, no hay peligro” (Dreisoerner et al., 2021).
La oxitocina liberada suprime la producción de cortisol y tranquiliza la amígdala, la zona cerebral que responde al miedo y la amenaza (Dreisoerner et al., 2021). En paralelo, el abrazo activa el nervio vago, parte del sistema parasimpático, lo cual ralentiza el ritmo cardiaco, reduce la presión arterial y desactiva la respuesta de “lucha o huida” del cuerpo (Tamberino, 2024). Es literalmente un interruptor biológico que cambia nuestro estado de alerta por uno de calma y relajación.
Las investigaciones respaldan estos efectos. Un estudio controlado confirmó que recibir un abrazo reduce significativamente la respuesta de cortisol ante un evento estresante (Dreisoerner et al., 2021). En experimentos de laboratorio, se observó que mujeres que recibían caricias o masajes de su pareja antes de un desafío estresante presentaban niveles de cortisol y frecuencia cardíaca más bajos que quienes no tuvieron ese contacto (Light et al., 2005). Asimismo, parejas que se tomaron de la mano durante 10 minutos y luego compartieron un abrazo de 20 segundos mostraron menor reactividad cardiovascular al estrés en comparación con parejas sin interacción física previa (Light et al., 2005). El abrazo actuó, así como un escudo amortiguador frente al estrés.
Más aún, el efecto calmante del abrazo parece prolongarse más allá del momento inmediato. Un estudio de 2023 con estudiantes universitarios encontró que los días en que recibían más abrazos, al despertar al día siguiente presentaban una menor respuesta de cortisol matutino (Romney et al., 2023). Esta disminución sugiere que el cuerpo anticipa menos estrés cuando ha recibido recientemente señales de seguridad social, como el contacto físico afectivo (Romney et al., 2023).
Reducir el cortisol no solo nos hace sentir más tranquilos, también fortalece nuestra salud. El cortisol crónicamente elevado debilita el sistema inmunológico y aumenta la vulnerabilidad a enfermedades. Por el contrario, al abrazar aumentamos la oxitocina y frenamos el cortisol, fortaleciendo las defensas (Tamberino, 2024). Personas que reciben abrazos con frecuencia tienden a resfriarse menos y, si se enferman, presentan síntomas más leves (Cohen et al., 2015). En un experimento clásico, voluntarios expuestos a un virus respiratorio mostraron mejor recuperación cuando habían recibido mayor apoyo social y físico previo (Cohen et al., 2015).
Los beneficios de los abrazos no terminan en el estrés. Este simple acto tiene un impacto positivo en múltiples dimensiones:
En conjunto, los abrazos generan una cascada de beneficios integrales, sin costo y sin efectos adversos, siempre que sean deseados y genuinos.
Dado lo anterior, ¿cómo podemos aprovechar al máximo el poder de los abrazos en nuestra vida diaria? A continuación, algunos aspectos prácticos respaldados por la ciencia para que un abrazo resulte verdaderamente beneficioso:
La evidencia sugiere que:
En conclusión, los abrazos son mucho más que una muestra de cariño pasajera: son una poderosa intervención mente-cuerpo con respaldo neurocientífico. Activan hormonas del bienestar (oxitocina, endorfinas), reducen las del estrés (cortisol), calman el ritmo cardíaco, fortalecen el sistema inmune y nos hacen sentir conectados y protegidos. Y quizás lo más importante: nos recuerdan que no estamos solos, que somos queridos y que contamos con apoyo, algo fundamental para la salud psicológica. En adultos y adolescentes, por igual, un abrazo puede derribar muros emocionales y brindar consuelo en segundos. La próxima vez que tengas un mal día – o que veas a un ser querido angustiado – considera regalar (u ofrecerte) un buen abrazo. Es terapéutico, gratuito, y científicamente benéfico. Como decía aquella frase, “no hay nada que un abrazo sincero no pueda aliviar”, y hoy la neurociencia nos ayuda a explicar por qué. ¡A abrazar se ha dicho!
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Sesiones 100% en vivo, si no puedes asistir, puedes revisar posteriormente la grabación en tu aula virtual. No aplica para acreditaciones internacionales.
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