Mtra. María Contreras Astorga
Psicóloga clínica con un Máster en Psicoterapia Integral. Docente Universitaria en Universidad Central, sede La Serena.
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Hay personas que nunca logran relajarse del todo. Que escanean cada habitación al entrar, que se sobresaltan con cualquier ruido inesperado, que duermen a medias y despiertan agotadas. No es exageración ni debilidad: es el sistema nervioso atrapado en una alerta que ya no sabe cómo apagar. Eso es la hipervigilancia, y entenderla puede cambiar la forma en que nos vemos a nosotros mismos y a quienes nos rodean.
Revisado por: Mg. Ps. Ana María Contreras Astorga
¿Qué ocurre en el interior de una persona que vive con la sensación de que el peligro siempre está a la vuelta de la esquina? La hipervigilancia es un estado de activación constante del sistema de alerta que puede volverse crónico, silencioso y profundamente desgastante. Para profundizar en este tema, entrevistamos a la Mg. Ps. Ana María Contreras Astorga, psicóloga clínica con un Máster en Psicoterapia Integral, especialista en trauma y facilitadora de yoga sensible al trauma. A partir de su experiencia clínica y de la evidencia científica disponible, este artículo ofrece una mirada integral sobre qué es la hipervigilancia, por qué aparece y cómo abordarla.
La hipervigilancia es un estado de activación aumentada y persistente del organismo de alerta ante amenazas reales o percibidas, incluso cuando el peligro objetivo no existe. Así lo explica la psicóloga Ana María Contreras:
“Es un estado persistente de alerta aumentada, caracterizado por una atención excesiva a posibles amenazas, que puede mantenerse incluso cuando no existe un peligro objetivo inmediato”.
Lo que distingue a la hipervigilancia de una simple preocupación es su carácter total: no reside únicamente en los pensamientos, sino que impregna el cuerpo completo. En palabras de la psicóloga Ana María:
“La hipervigilancia no está en la cabeza. Se impregna en todo el sistema, tanto cuerpo como mente. Cuerpo y mente están completamente unidos.”
Esta comprensión integradora coincide con lo que el psiquiatra Bessel van der Kolk ha documentado extensamente en su obra; en la cual el trauma se manifiesta a nivel fisiológico, como pánico antes que lenguaje, como tensión en el cuerpo, como incapacidad para exhalar del todo (Psychology Today en Español, 2026).
La alerta es una función adaptativa del sistema nervioso. Frente a un ruido repentino o una situación desconocida, el organismo se activa para evaluar si hay peligro. Es una respuesta útil y temporal. Por su parte, la hipervigilancia, es esa misma respuesta instalada de manera crónica, sin que haya una amenaza real que la justifique.
La especialista Contreras, lo diferencia con claridad al distinguirla del estrés y la ansiedad:
“La ansiedad es una respuesta emocional anticipatoria frente a amenazas actuales o amenazas futuras. El estrés es la activación del organismo frente a las demandas. La hipervigilancia sería específicamente un monitoreo persistente de la amenaza, o la dificultad de desactivar el sistema de alerta.”
La hipervigilancia se manifiesta como un escáner permanente del entorno. La persona evalúa de manera automática e inconsciente si existe alguna amenaza: revisa las salidas de los lugares, monitorea las expresiones faciales de quienes la rodean, interpreta estímulos neutros como señales de peligro. Como afirma la psicóloga Ana María, quienes viven en este estado pueden estar “Muy atentos y alertas a expresiones faciales o cambios mínimos del otro, porque se viven como amenaza.”
Las causas de la hipervigilancia tienen una raíz neurobiológica clara. El sistema nervioso aprende a mantenerse en alerta cuando ha sido expuesto a amenazas reales o sostenidas en el tiempo. Aunque los desencadenantes varían de persona a persona, el mecanismo subyacente es siempre el mismo; el organismo quedó atrapado en modo supervivencia y no encontró la señal para apagarse.
Cuando el cerebro percibe un peligro, el sistema nervioso autónomo, específicamente su rama simpática, se activa para preparar al organismo para enfrentar la amenaza; acelera el ritmo cardíaco, tensa los músculos, agudiza los sentidos. Esta respuesta es sana y necesaria. El problema surge cuando no se desactiva.
En palabras de la entrevistada y desde el panorama de la neurobiología:
“Se activa el cerebro desde la supervivencia. Hay alteraciones en la amígdala; esa estructura en el cerebro encargada de reaccionar ante el peligro y las emociones; que genera una hiperreactividad al peligro. También hay una menor regulación emocional relacionada con la corteza prefrontal. Y se activa el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, que tiene relación con las alteraciones del cortisol, la hormona del estrés. Cuando hay hipervigilancia o trauma, el cortisol está sostenido en el tiempo.”
Los desencadenantes de la hipervigilancia son profundamente subjetivos. No existe un estímulo universal que la active en todas las personas. Según la especialista:
“El gatillante o detonante va a ser subjetivo en cada persona. Puede ser una amenaza real, pero después el detonante puede ser un aroma, una imagen, un recuerdo. Depende de cada persona, de cada vivencia y también de cómo estaba la persona antes, si había vivenciado algún tipo de trauma, especialmente en la infancia.”
Entre los factores que pueden desencadenar o mantener la hipervigilancia se encuentran: experiencias de violencia, accidentes graves, negligencia durante la infancia, abuso sexual o físico, entornos familiares disfuncionales y situaciones de amenaza sostenida en el tiempo.
El trauma no solo deja recuerdos perturbadores: reconfigura la forma en que el sistema nervioso percibe el mundo. Después de una experiencia traumática, el cerebro tiende a sobrevalorar las predicciones de peligro. La hipervigilancia, los flashbacks y el pánico surgen porque el sistema nervioso queda atrapado en bucles de autoconfirmación: predice el peligro, interpreta la activación corporal como prueba de ese peligro y usa esa activación para reforzar la predicción (Psychology Today en Español, 2026).
La psicóloga Ana María, lo explica así:
“El cuerpo recuerda, el cuerpo lleva la cuenta, como dice Van der Kolk. El problema no está en la hipervigilancia en sí, porque es un mecanismo de adaptación defensiva que también es aprendida, y que en algún momento deja de servir. El detalle es que si se mantiene en el tiempo, se convierte en un problema, en el cual también influyen factores biológicos, psicológicos y contextuales”.
La hipervigilancia es uno de los síntomas centrales del TEPT. Dentro del DSM-5, forma parte del criterio E, alteraciones del estado de alerta y la reactividad, junto a respuestas exageradas de sobresalto, irritabilidad marcada, dificultades de concentración y problemas de sueño (American Psychiatric Association, 2013).
Sin embargo, es importante aclarar que la relación no es automática en ninguna dirección: no toda persona con hipervigilancia tiene TEPT, al igual que no todo trauma deriva en hipervigilancia. Como precisa la especialista: “Ser hipervigilante no es un sinónimo automático de tener trastorno de estrés postraumático. Eso es muy importante.”
En cuestión de datos, se estima que entre el 7 % y el 10 % de las personas que experimentan un evento traumático desarrollan síntomas persistentes compatibles con el TEPT (Universidad UIC, 2025).
La hipervigilancia puede aparecer en una variedad de cuadros clínicos más allá del TEPT, está asociado al apego ansioso y al apego desorganizado. Según Contreras:
“La hipervigilancia también la podemos encontrar en trastornos de ansiedad, en trauma complejo, en estrés crónico, en experiencias de violencia y en el desarrollo de apego inseguro.”
Incluso algunos cuadros depresivos crónicos pueden presentar estados de hipervigilancia. Esto refuerza la idea de que se trata de un síntoma transdiagnóstico, que puede estar presente en múltiples condiciones de salud mental y que requiere una evaluación clínica cuidadosa y contextualizada.
El cuerpo de una persona en estado de hipervigilancia está permanentemente en guardia. La psicóloga, Ana explica algunos síntomas como:
“Podríamos ver sobresalto exagerado, dolores musculares crónicos, cuello y hombros muy rígidos, respiración superficial, taquicardia, fatiga crónica, insomnio y tensión mandibular, que también puede ocurrir de forma inconsciente durante las noches, impidiendo el descanso reparador.”
La hipervigilancia crónica también libera de manera sostenida cortisol y noradrenalina, lo que se asocia a mayor riesgo cardiovascular, síndrome metabólico y síntomas físicos persistentes como cefaleas, dolores musculares y alteraciones digestivas (van der Kolk, 2014; Rehman et al., 2021, citado en Universidad UIC, 2025).
A nivel emocional, la persona hipervigilante experimenta una sensibilidad elevada a los estímulos interpersonales: interpreta tonos de voz, miradas o silencios como posibles amenazas. Hay una irritabilidad que puede parecer desproporcionada al entorno, dificultad para confiar y una tendencia a anticipar resultados negativos en cualquier situación futura. La especialista en el tema, aclaró que:
“Desde la emocionalidad, se anticipa escenarios negativos. Cualquier escenario a futuro va a tener un desenlace negativo.”
En el plano cognitivo también se manifiesta la hipervigilancia; la concentración se ve comprometida, el sistema nervioso está ocupado monitoreando el entorno, lo que reduce los recursos disponibles para el pensamiento abstracto, la toma de decisiones y la memoria de trabajo. A nivel conductual, emergen patrones que la persona a menudo no identifica como relacionados con la hipervigilancia.
De forma ejemplificadora, la psicóloga Contreras nos compartió algunos casos clínicos ilustrativos:
“Una de las que más se repite es la necesidad excesiva de control. Todo tiene que tener control, cada milímetro de la vida. También está relacionado con sentarse muy cerca de las salidas. Recuerdo el caso de alguien en el cine que, apenas hubo un pequeño temblor, salió disparado hacia la puerta de emergencia de forma automática, mientras el 99 % de los presentes seguíamos sentados. Fue un clic de forma automática.”
Otros comportamientos habituales incluyen el dormir liviano sin descanso reparador, las respuestas de sobresalto ante estímulos cotidianos y la dificultad para permanecer en espacios abiertos o poco controlados.
Vivir con el sistema de alerta permanentemente encendido tiene un costo real. No es algo que “se note solo en los nervios”, con el tiempo, la hipervigilancia deja huella en las relaciones, en el trabajo, en el cuerpo y en la calidad del sueño.
La hipervigilancia afecta profundamente los vínculos. La tendencia a leer amenazas en los gestos del otro, la dificultad para confiar y la hipersensibilidad emocional crean fricciones que la persona puede no saber explicar. El contacto visual directo puede volverse intimidatorio en vez de íntimo (van der Kolk, 2014). Las relaciones se vuelven difíciles de sostener no porque la persona no quiera conectar, sino porque su sistema nervioso lo percibe como arriesgado.
La dificultad de concentración, el agotamiento crónico y la activación constante del sistema de alerta impactan directamente en el rendimiento. La persona puede parecer distraída, reactiva o emocionalmente inestable en contextos laborales o académicos. Esto suele generar malentendidos, ya que desde afuera no siempre es evidente que hay una respuesta neurobiológica subyacente.
El insomnio y el sueño no reparador son consecuencias directas de la hipervigilancia. Así lo expresó la psicóloga Ana:
“No existe un descanso reparador; la persona duerme, pero no experimenta sensación de recuperación. Además, presentará agotamiento crónico y una marcada disminución de la energía.”
La privación sostenida del sueño deteriora la regulación emocional, el sistema inmune y la capacidad cognitiva, generando un círculo difícil de interrumpir sin intervención especializada.
La especialista, también agregó un indicador clave para reconocer cuándo es necesario consultar:
“Una señal de alerta es cuando la sensación de inseguridad se vuelve persistente y generalizada: no logras sentirte seguro en ningún lugar, ni siquiera dentro de tu propio cuerpo, y te resulta difícil encontrar espacios o momentos de calma y protección.”
La hipervigilancia no es definitiva, es una respuesta aprendida por el sistema nervioso en un momento en que era necesaria y como toda respuesta aprendida, puede transformarse. El primer paso es entender que el tratamiento no busca eliminar la alerta, sino devolverle al organismo la capacidad de regularla.
Dado que la hipervigilancia no es un diagnóstico en sí mismo dentro del DSM-5, sino un síntoma, su tratamiento se aborda desde los cuadros clínicos que la contienen. La psicóloga Ana María es clara al respecto:
“No hay una terapia específica para hipervigilancia, pero sí para el trastorno de estrés postraumático y otros cuadros que pueden presentarla.”
La terapia de primera línea recomendada por la Asociación Americana de Psicología (APA) para el TEPT es la EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing), creada por la Dra. Francine Shapiro en 1987. Sobre esto, la especialista aclaró que:
“La psicoterapia de primera línea sería EMDR, qué es la desensibilización y reprocesamiento mediante movimiento ocular. Es considerada como la de primera línea por la Asociación de Psicólogos Americanos.”
La terapia EMDR también cuenta con el respaldo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que la incluyó desde 2013 entre los tratamientos recomendados para el TEPT (Asociación EMDR España, 2023). Su eficacia ha sido respaldada por múltiples metaanálisis; el primero, publicado por Davidson y Parker en 2001, ya mostró resultados equiparables a las técnicas de exposición (Valiente-Gómez et al., 2017).
Además, la psicóloga Ana María menciona el yoga sensible al trauma como una terapia complementaria basada en la evidencia:
“Es un modelo que considera a la persona de manera integral, entendiendo que el cuerpo también expresa y contiene la experiencia emocional. Desde esta perspectiva, la sanación no ocurre únicamente a nivel cognitivo, sino también a través del cuerpo y de la experiencia relacional en comunidad. Esto favorece la recuperación de la agencia personal, es decir, la capacidad de actuar, decidir e influir sobre la propia vida. En estados de hipervigilancia o tras experiencias traumáticas, esta sensación de agencia suele verse disminuida, por lo que su recuperación constituye un aspecto fundamental de cualquier proceso psicoterapéutico.”
La regulación emocional es fundamental para interrumpir el ciclo de activación de la hipervigilancia. La psicóloga Ana María destaca varias estrategias:
La psicóloga Contreras ofrece criterios claros:
“Si ves que después de 48 horas sigues en un estado muy persistente, y te das cuenta de que está interfiriendo en tu vida diaria, afecta relaciones de pareja, familia o trabajo, produce sufrimiento significativo, no puedes descansar ni mantener el sueño, sientes agotamiento crónico y no encuentras una sensación de seguridad en ninguna parte: eso ya no anda bien. Hay que consultar.”
Gestionar la hipervigilancia en el día a día no significa ignorar ni forzarse a “estar tranquilo”. Significa ir construyendo las condiciones para que el sistema nervioso aprenda que puede bajar la guardia. Estas recomendaciones no reemplazan el trabajo terapéutico, pero sí pueden complementarlo y marcar una diferencia real en la calidad de vida.
La respiración diafragmática es accesible, gratuita y puede practicarse en cualquier momento. Se puede comenzar con 5 minutos al día, enfocando la atención en que el abdomen sube y baja con cada respiración, sin involucrar el pecho. Esta práctica activa el sistema nervioso parasimpático, contrarrestando la activación simpática de la hipervigilancia.
El mindfulness, en sus diversas formas, también puede practicarse progresivamente. Aplicaciones guiadas, grupos de meditación o simplemente dedicar momentos del día a observar los sentidos sin juzgar, son puntos de entrada accesibles. La evidencia respalda su efectividad tanto en formatos presenciales como digitales (Montejano Cortés et al., 2026).
El movimiento consciente, incluyendo el yoga, el tai chi o caminatas atentas, también ha mostrado beneficios para personas con trauma, al permitir que el cuerpo experimente estados de activación y calma de manera regulada y segura.
Crear espacios físicos y relacionales donde la persona pueda bajar la guardia es fundamental. No se trata de eliminar todo estímulo, sino de construir una base desde la cual el sistema nervioso aprenda que puede relajarse sin que eso signifique estar expuesto. La psicóloga Ana María destaca la importancia del vínculo:
“Fortalecer los vínculos seguros con las personas que uno reconoce como un sostén a nivel emocional, que son vínculos significativos.”
La co-regulación, es decir, regularse emocionalmente a través de la presencia de una persona segura, es uno de los mecanismos más potentes de recuperación del sistema nervioso.
La hipervigilancia no es una exageración ni un defecto de carácter. Es la huella que deja el sistema nervioso cuando aprendió a sobrevivir en un entorno que no era seguro. Entenderla desde esa perspectiva cambia todo: deja de ser un problema de quien “no puede relajarse” y se convierte en una respuesta que tiene historia, que tiene lógica y que, con el acompañamiento adecuado, puede transformarse.
Como recuerda la psicóloga Ana María Contreras, el cuerpo lleva la cuenta, pero también tiene la capacidad de soltar. El camino no siempre es rápido ni lineal, pero existe. Y el primer paso, muchas veces, es simplemente saber qué es lo que está pasando.
Es un síntoma, no un diagnóstico independiente. El DSM-5 no la incluye como trastorno aislado, sino como parte del criterio diagnóstico del TEPT y de otros cuadros clínicos. Así lo confirma la psicóloga Ana María: “Desde el DSM-5, no existe el diagnóstico solo de hipervigilancia. La hipervigilancia aparece específicamente incluida dentro del criterio diagnóstico del trastorno de estrés postraumático, como parte de las alteraciones del estado de alerta y la reactividad.”
Sí, aunque la trayectoria varía según cada persona. La psicóloga Ana María lo plantea con honestidad: “Puede ser que una persona naturalmente, con sus propias herramientas, salga de este estado. Pero también puede ser que quien tenga una organización de personalidad más frágil necesite mayor apoyo.” Con acompañamiento psicoterapéutico adecuado, el sistema nervioso puede aprender a regularse nuevamente. La neuroplasticidad, es la base biológica de esa posibilidad (Navarro-Costa & Olivares, 2025).
Aunque están relacionadas y pueden coexistir, no son lo mismo. En palabras de la psicóloga Ana María: “La ansiedad es una respuesta emocional anticipatoria frente a amenazas ya o amenazas futuras. La hipervigilancia sería un monitoreo persistente de la amenaza o la dificultad de desactivar el sistema de alerta. En la hipervigilancia, la persona puede estar en ese estado siendo que ni siquiera hay un detonante en sí: está en todo momento muy alerta, anticipándose a amenazas y peligros que en realidad no están.”
No. El desarrollo de hipervigilancia tras un trauma depende de múltiples factores: la naturaleza del evento, la historia previa de la persona, sus recursos internos y externos, y la presencia o ausencia de apoyo después del suceso. La psicóloga Ana María lo precisa: “No porque algunas personas desarrollan hipervigilancia marcada; otras pueden presentar síntomas diferentes, como evitación, labilidad emocional, disociación, ansiedad, depresión o dificultades interpersonales. Incluso hay personas que, tras un trauma, no desarrollan síntomas clínicamente significativos.”
Lo que sí está documentado es que el trauma temprano, aumenta significativamente el riesgo de desarrollar hipervigilancia y otras respuestas traumáticas a lo largo de la vida (van der Kolk, 2014; Asociación EMDR España, 2023).
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