Mtra. Verónica Aliaga
Máster en Educación Emocional y Neurociencias Aplicadas. Psicóloga. Perito licitada. Colaboradora en Consulado de Chile en Milán.
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Día Internacional del Autocuidado: ¿estamos entendiendo realmente qué significa cuidarnos?

Cada 24 de julio se conmemora el Día Internacional del Autocuidado. Durante esta fecha, las redes sociales suelen llenarse de recomendaciones que nos recuerdan la importancia de dormir bien, alimentarnos de manera saludable, hacer ejercicio, meditar, desconectarnos de las pantallas o reservar un momento para descansar.
Todas estas recomendaciones pueden ser valiosas. Sin embargo, también vale la pena formular una pregunta que no siempre está presente en estas conversaciones:
Si sabemos que el autocuidado nos hace bien, ¿por qué nos cuesta tanto cuidarnos?
La mayoría de las personas no necesita que alguien le explique que dormir poco afecta su bienestar, que el estrés sostenido puede tener consecuencias sobre su salud o que trabajar sin pausas favorece el agotamiento. Tampoco parece existir una falta de información sobre la importancia de una alimentación equilibrada, del movimiento, de los vínculos sociales o de solicitar ayuda profesional cuando la necesitamos.
Hoy tenemos acceso a más contenidos sobre bienestar que en cualquier otro momento. Existen libros, podcasts, cursos, aplicaciones, videos y publicaciones dedicadas exclusivamente a enseñarnos cómo vivir de una manera más saludable.
Y, aun así, muchas personas siguen postergando sus controles médicos, durmiendo menos de lo que necesitan, respondiendo mensajes laborales fuera de horario, diciendo que sí cuando quieren decir que no y buscando ayuda solo cuando sienten que ya no pueden continuar.
Quizás el problema no sea solamente la falta de información.
Quizás también necesitemos revisar la manera en que estamos entendiendo el autocuidado. El autocuidado es mucho más que una rutina.
En el lenguaje cotidiano, el autocuidado suele relacionarse con actividades que producen bienestar inmediato: descansar, realizar una rutina de cuidado personal, disfrutar una comida, viajar, comprar algo o reservar un momento de desconexión.
Ninguna de estas experiencias es necesariamente negativa. El placer, el descanso y la recreación son dimensiones importantes de una vida saludable. El problema aparece cuando el autocuidado queda reducido únicamente a aquellas acciones que se ven bien, se sienten agradables o pueden mostrarse fácilmente en una fotografía.
Desde una perspectiva sanitaria, el concepto es considerablemente más amplio.
La Organización Mundial de la Salud define el autocuidado como la capacidad de las personas, las familias y las comunidades para promover y mantener su salud, prevenir enfermedades y afrontar problemas de salud, con o sin el apoyo de trabajadores sanitarios. Esta definición reconoce a las personas como agentes activos en el manejo de su salud, pero también establece que el autocuidado complementa la atención profesional y no pretende reemplazarla.
Por lo tanto, el autocuidado no se limita a una rutina de bienestar. Incluye decisiones relacionadas con la prevención, la consulta oportuna, el seguimiento de tratamientos, la alfabetización en salud, el uso responsable de medicamentos, la actividad física, el sueño, la alimentación, los vínculos y el cuidado de la salud mental.
También incluye reconocer cuándo una situación excede nuestros recursos personales y requiere apoyo profesional.
Entenderlo de esta manera permite recuperar una dimensión que a veces se pierde en su versión más comercial: autocuidarse no es simplemente hacer algo agradable por nosotros, sino participar de manera activa, informada y responsable en nuestro cuidado (y eso no siempre se siente placentero).
Una de las principales contradicciones del discurso contemporáneo sobre el autocuidado es que aquello que debería proteger nuestro bienestar puede terminar transformándose en una nueva fuente de presión.
Ya no basta con responder a las responsabilidades familiares, laborales, académicas y económicas. También pareciera que debemos dormir ocho horas, meditar, ejercitarnos varias veces por semana, mantener una alimentación perfecta, tomar suficiente agua, limitar el uso del teléfono, escribir un diario, practicar gratitud y desarrollar una rutina de mañana altamente productiva.
El autocuidado comienza entonces a parecerse a una lista interminable de obligaciones. Cuando no logramos cumplirla, aparece la culpa.
En lugar de sentirnos cuidados, podemos terminar sintiéndonos insuficientes, desorganizados o poco disciplinados. Incluso algunas actividades saludables pierden su sentido cuando se realizan únicamente para alcanzar un nuevo estándar de rendimiento.
Esto resulta especialmente relevante porque el cuidado no puede evaluarse exclusivamente a partir de la cantidad de hábitos que una persona cumple. Una conducta aislada puede tener significados muy diferentes.
Hacer ejercicio puede ser una forma de conectar con el cuerpo, disfrutar y cuidar la salud. Pero también puede convertirse en una práctica rígida, compensatoria o punitiva.
Organizarse puede facilitar el descanso y reducir el estrés. Pero también puede responder a la necesidad de controlarlo todo.
Trabajar puede ser una fuente de propósito, desarrollo y autonomía. Pero trabajar permanentemente también puede ser una forma de evitar emociones, vínculos o necesidades personales.
Por eso, no basta con preguntar qué hace una persona para cuidarse. También necesitamos considerar cómo, por qué y desde qué lugar lo hace.
Probablemente uno de los principales errores sobre el autocuidado sea asociarlo exclusivamente con sentirse bien.
Muchas de las decisiones que protegen nuestra salud no producen alivio inmediato. Algunas generan esfuerzo, incertidumbre, ansiedad o incomodidad.
Poner un límite puede provocar culpa.
Pedir ayuda puede generar vergüenza.
Comenzar un tratamiento puede despertar temor.
Reducir el consumo de una sustancia implica tolerar malestar.
Hablar sobre un problema que hemos evitado puede ser doloroso.
Realizarse un examen preventivo puede producir ansiedad.
Terminar una relación dañina puede generar tristeza, incluso cuando sabemos que es necesario.
Descansar puede resultar difícil para quien ha aprendido a medir su valor a través de la productividad.
El cuidado no siempre coincide con el placer inmediato. A veces implica elegir aquello que protege nuestra salud en el mediano y largo plazo, aunque inicialmente resulte incómodo.
Esta distinción también permite separar el autocuidado de la evasión. No todo lo que produce alivio momentáneo constituye una forma de cuidado. Algunas estrategias pueden disminuir transitoriamente el malestar, pero empeorar el problema después: evitar permanentemente una situación, aislarse, consumir de manera compulsiva, postergar indefinidamente una consulta o mantenerse ocupado para no pensar.
El alivio y el cuidado pueden coincidir, pero no son exactamente lo mismo.
Una pregunta útil podría ser:
En muchas conversaciones sobre salud existe una tendencia a asumir que, una vez entregada la información correcta, las personas deberían ser capaces de modificar su conducta.
Sin embargo, el cambio de hábitos es un proceso mucho más complejo.
Conocer los beneficios de dormir bien no garantiza que una persona pueda hacerlo si trabaja por turnos, cuida a otras personas o vive en un ambiente poco seguro.
Saber que necesita poner límites no significa que cuente con las habilidades, el apoyo o las condiciones necesarias para establecerlos.
Comprender que necesita ayuda psicológica no elimina automáticamente las barreras económicas, geográficas, culturales o emocionales que pueden dificultar la consulta.
La propia OMS ha enfatizado que el acceso al autocuidado requiere ambientes seguros y favorables, información de calidad, alfabetización en salud, productos regulados y la posibilidad de contar con orientación profesional cuando sea necesaria. También ha advertido que las intervenciones de autocuidado deben adaptarse a las condiciones económicas, sanitarias y culturales de cada contexto.
Esto nos recuerda que el autocuidado no depende exclusivamente de la voluntad individual.
Importan los recursos disponibles, la organización del tiempo, las responsabilidades de cuidado, las condiciones laborales, el acceso a servicios sanitarios, las redes de apoyo y las oportunidades reales que cada persona tiene para proteger su salud.
Insistir en que todo depende de una mejor actitud o de una mayor disciplina puede ser no solo insuficiente, sino también injusto.
El discurso del autocuidado se vuelve problemático cuando se utiliza para responsabilizar a las personas por dificultades que también son producidas o intensificadas por los contextos donde viven.
No basta con recomendar pausas activas en espacios laborales que penalizan el descanso.
No es suficiente enseñar técnicas de respiración cuando una persona está expuesta permanentemente a sobrecarga, incertidumbre o violencia.
No se puede promover una alimentación saludable ignorando las desigualdades económicas y territoriales que condicionan el acceso a determinados alimentos.
Tampoco corresponde responder al agotamiento laboral únicamente con talleres de resiliencia si no se revisan la carga de trabajo, la falta de autonomía, los estilos de liderazgo o la ausencia de reconocimiento.
Las investigaciones sobre intervenciones dirigidas a disminuir el agotamiento laboral muestran que las estrategias individuales pueden aportar beneficios, pero que los cambios organizacionales también son necesarios. Una revisión sistemática sobre intervenciones en profesionales sanitarios encontró mejoras en bienestar y burnout, aunque señaló limitaciones metodológicas y la necesidad de desarrollar respuestas más consistentes.
Por su parte, un metaanálisis sobre intervenciones organizacionales identificó efectos favorables, aunque modestos, sobre el agotamiento y destacó la relevancia de intervenir sobre el ambiente laboral, no solamente sobre la capacidad individual de resistirlo.
El autocuidado individual no puede convertirse en una estrategia para adaptarnos indefinidamente a condiciones que nos hacen daño.
A veces cuidarse consiste en aprender una herramienta personal. Otras veces requiere modificar una dinámica familiar, comunitaria, laboral o institucional.
Y, con frecuencia, necesitamos ambas cosas.
Aunque el contexto es fundamental, también existen barreras psicológicas que pueden interferir en nuestra capacidad de cuidarnos.
En la práctica clínica, es frecuente encontrar personas que saben perfectamente qué necesitan, pero experimentan grandes dificultades para priorizarlo.
Algunas sienten que descansar es una pérdida de tiempo.
Otras viven la petición de ayuda como una demostración de debilidad.
Hay quienes creen que poner límites es egoísta o que expresar una necesidad inevitablemente decepcionará a los demás.
También existen personas que se acostumbraron tanto a funcionar bajo presión que solo se detienen cuando el cuerpo o la mente ya no les permiten continuar.
En estos casos, la dificultad no se resuelve agregando otra recomendación a la lista. Requiere comprender las creencias, emociones y aprendizajes que están operando detrás de la conducta.
Una persona puede haber aprendido que siempre debe estar disponible. Puede haber crecido en un contexto donde sus necesidades eran ignoradas o minimizadas. Puede sentir que su valor depende de cuánto produce, resuelve o entrega.
Puede utilizar la hiperactividad como una forma de evitar el silencio, la incertidumbre o determinadas emociones.
También puede haber desarrollado una relación muy crítica consigo misma, en la que cualquier pausa se interpreta como flojera y cualquier error como una señal de fracaso.
La investigación sobre autocompasión aporta una perspectiva relevante en este punto. Un metaanálisis que reunió 56 ensayos controlados encontró que las intervenciones centradas en autocompasión producían efectos pequeños a moderados en la disminución de síntomas depresivos, ansiedad y estrés inmediatamente después de las intervenciones, aunque los autores también advirtieron un riesgo de sesgo elevado en parte de los estudios y la necesidad de investigación de mayor calidad.
Estos resultados no significan que la autocompasión sea una solución universal ni que reemplace otros tratamientos. Sí sugieren que la forma en que respondemos a nuestras dificultades puede influir en el bienestar psicológico.
Tratarse con comprensión no es ignorar los problemas ni renunciar a la responsabilidad personal. Es intentar responder al malestar sin añadir una capa permanente de descalificación y castigo.
Otra dificultad frecuente es imaginar el autocuidado como un estado ideal que debemos alcanzar y mantener.
Desde esa lógica, una persona se cuida si duerme bien todos los días, se alimenta perfectamente, se ejercita de manera constante, gestiona adecuadamente sus emociones, mantiene vínculos saludables y nunca sobrepasa sus propios límites.
Esa expectativa no solo es irreal. También desconoce que la vida cambia.
Existen semanas en las que podemos organizar nuestros hábitos con mayor facilidad y otras atravesadas por enfermedad, duelo, crianza, trabajo, cuidados familiares o incertidumbre.
No consiste en cumplir un programa perfecto, sino en desarrollar la capacidad de observar cómo estamos, identificar qué necesitamos y realizar ajustes posibles dentro de nuestra realidad.
En algunos momentos cuidarse será mantener una rutina.
En otros, será reducir las expectativas.
A veces significará resolver algo pendiente.
En otras ocasiones, aceptar que no podemos resolverlo todavía.
Habrá días en que el cuidado se expresará a través del movimiento y otros en que la necesidad principal será detenerse.
Una práctica saludable no necesita ser perfecta para ser valiosa.
De hecho, cuando el autocuidado solo funciona en condiciones ideales, probablemente no sea todavía sostenible.
La popularización del autocuidado puede transmitir implícitamente la idea de que deberíamos ser capaces de manejar por nuestra cuenta cualquier dificultad.
Pero la autonomía no consiste en hacerlo todo solos.
El cuidado personal también incluye reconocer cuándo necesitamos la participación de otras personas: familiares, amistades, comunidades, profesionales de la salud o instituciones.
La OMS es explícita al señalar que el autocuidado complementa los sistemas sanitarios y no reemplaza a los profesionales. Algunas intervenciones pueden desarrollarse con mayor independencia, mientras que otras requieren acompañamiento, evaluación, seguimiento o derivación.
Pedir ayuda es especialmente importante cuando el malestar se vuelve persistente, interfiere en la vida cotidiana, altera significativamente el sueño o la alimentación, dificulta el funcionamiento, aumenta el aislamiento o aparecen conductas de riesgo.
También es necesario consultar cuando existen síntomas físicos nuevos, intensos o preocupantes. Atribuir automáticamente cualquier malestar al estrés puede retrasar una evaluación médica necesaria.
Autocuidarse no significa autodiagnosticarse ni encontrar soluciones para todo en internet.
Implica aprender a diferenciar qué podemos manejar con nuestros propios recursos y qué necesita una evaluación profesional.
Tal vez el Día Internacional del Autocuidado no necesite más recomendaciones universales.
Quizás necesitemos una conversación más honesta sobre las condiciones que permiten cuidar la salud y sobre las barreras que dificultan hacerlo.
Una conversación que no reduzca el bienestar a la compra de productos.
Que no transforme los hábitos saludables en una prueba de disciplina
Que no individualice problemas colectivos.
Que reconozca la importancia del contexto.
Que valore el descanso, pero también la prevención.
Que incluya el placer, pero no confunda cuidado con alivio inmediato.
Que promueva la autonomía sin convertirla en autosuficiencia.
Que entienda que pedir ayuda también es autocuidado.
Y, sobre todo, que permita construir prácticas posibles y sostenibles, en lugar de perseguir una versión perfecta del bienestar.
Porque cuidarnos no significa vivir permanentemente en equilibrio ni cumplir de manera impecable con todo aquello que sabemos que nos hace bien.
Significa aprender a reconocer nuestras necesidades, responder a ellas con mayor conciencia y pedir apoyo cuando nuestros propios recursos no son suficientes.
Quizás el autocuidado no comience agregando una nueva tarea a la rutina.
Quizás comience cuando dejamos de postergar aquello que nuestra salud lleva tiempo intentando mostrarnos.
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