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Las disfunciones sexuales se refieren a alteraciones en la respuesta sexual que pueden afectar el deseo, la excitación, el orgasmo o la satisfacción sexual. No existe una definición única y consensuada, por lo que el término se utiliza de manera amplia en la literatura clínica.
Las disfunciones sexuales corresponden a un conjunto de alteraciones que pueden afectar el deseo, la excitación, el orgasmo o la satisfacción sexual. Estas dificultades han sido abordadas en la literatura clínica desde distintas perspectivas, tanto en relación con condiciones de salud mental como con el uso de psicofármacos.
En este artículo revisamos cómo el tratamiento farmacológico puede vincularse con la aparición de disfunciones sexuales, considerando las definiciones utilizadas, los mecanismos involucrados y los principales factores que influyen en su manifestación.
Las disfunciones sexuales se refieren a alteraciones en la respuesta sexual que pueden afectar el deseo, la excitación, el orgasmo o la satisfacción sexual. No existe una definición única y consensuada, por lo que el término se utiliza de manera amplia en la literatura clínica.
Dentro de este concepto se incluyen manifestaciones como:
Estas alteraciones no siempre se presentan de manera global. En algunos casos afectan solo una fase de la respuesta sexual, lo que dificulta establecer límites claros respecto de qué condiciones deben considerarse como disfunción sexual.
En la investigación clínica, las disfunciones sexuales suelen aparecer como un hallazgo secundario y no como el objetivo principal de los estudios. En muchos casos, no se establece una línea base de la función sexual previa al inicio de los tratamientos, y se utilizan instrumentos psicométricos con diferentes niveles de sensibilidad y validación.
A esto se suman factores culturales que influyen en la disposición a reportar dificultades sexuales, lo que contribuye a la heterogeneidad de las definiciones y de los datos disponibles en la literatura.
Los psicofármacos son medicamentos que se utilizan en el tratamiento de los trastornos psiquiátricos. Corresponden a fármacos que modulan la conducta y favorecen el estado funcional, actuando mediante el aumento o la disminución del efecto de los neurotransmisores a nivel sináptico. Su estudio forma parte de la psicofarmacología, disciplina que analiza cómo los cambios en la neuroquímica influyen en la cognición, las emociones y el comportamiento.
Para que un psicofármaco sea aprobado, debe demostrar eficacia frente a una condición específica. A partir de la enmienda de 1962, se estableció que los medicamentos debían validar su efecto sobre una función concreta asociada a una enfermedad determinada. En el campo de la salud mental, este requisito implicó la adopción de modelos diagnósticos categoriales.
Sin embargo, los cuadros de salud mental no responden a una causa única. En el malestar psicológico intervienen múltiples factores, y la persona no enfrenta solo un diagnóstico neurobiológico. En este sentido, los psicofármacos no abordan por sí solos la complejidad completa de un episodio clínico.
En la práctica, su rol principal es contribuir a que el sistema nervioso recupere parte de su funcionamiento, favoreciendo la regulación emocional, la organización del pensamiento y una mayor capacidad para dirigir la conducta.
En la actualidad, los antidepresivos se encuentran entre los psicofármacos más prescritos en Europa y Estados Unidos. En este contexto, es frecuente que las personas que consultan en salud mental estén utilizando o hayan utilizado este tipo de medicamentos.
Si bien se trata de fármacos efectivos, se estima que cerca de un 20 % de los pacientes interrumpe el tratamiento debido a la aparición de efectos adversos. Entre estos, la disfunción sexual es una de las dificultades más reportadas en la práctica clínica.
La literatura describe una prevalencia variable de disfunción sexual asociada al uso de psicofármacos, con cifras que oscilan entre un 10 % y un 80 % de los pacientes. Esta amplitud refleja las dificultades existentes para medir y reportar este tipo de alteraciones de manera homogénea.
Desde el año 2000 en adelante, los estudios han reportado un aumento progresivo en los casos de disfunción sexual asociada al uso de psicofármacos, lo que se vincula, en parte, a una mayor visibilización y reporte de estas dificultades.
La disfunción sexual asociada al uso de psicofármacos no responde a un único mecanismo. Su aparición se relaciona con distintos procesos neurobiológicos que pueden interferir en las fases de la respuesta sexual.
La respuesta sexual humana involucra una interacción compleja de factores neurobiológicos, psicológicos, vasculares y hormonales, en la que el cerebro cumple un rol central. Este proceso integra la acción de distintas estructuras, como el sistema límbico, el hipotálamo y la corteza cerebral, que coordinan los componentes del deseo, la excitación y la respuesta sexual.
Durante el tratamiento antidepresivo, esta regulación puede verse alterada, dando lugar a la aparición de disfunciones sexuales. Estas pueden manifestarse como disminución del deseo sexual, dificultades en la excitación, alteraciones en la lubricación vaginal, retraso en la eyaculación, disfunción eréctil y anorgasmia, entre otras.
La presencia de estas alteraciones no solo afecta la vivencia de la sexualidad, sino que puede tener un impacto significativo en la calidad de vida y en la autoestima de las personas. En el contexto del tratamiento de los trastornos del ánimo, estas dificultades adquieren especial relevancia, ya que pueden influir en la adherencia terapéutica y en la continuidad del tratamiento.
A nivel del sistema nervioso, se han descrito los siguientes mecanismos implicados:
Estos cambios neurobiológicos pueden manifestarse de manera distinta según el tipo de psicofármaco, la dosis, el tiempo de uso y las características individuales de cada persona, influyendo en la aparición y el tipo de disfunción sexual observada.
La aparición de disfunción sexual en personas que utilizan psicofármacos no depende de un solo elemento. Por el contrario, se trata de un fenómeno influido por múltiples factores clínicos y contextuales que interactúan entre sí.
Entre los principales factores se encuentran:
La edad puede incidir tanto en la respuesta sexual como en la tolerancia a los tratamientos farmacológicos.
Asociado a diferencias biológicas, hormonales y socioculturales que influyen en la vivencia y el reporte de la sexualidad.
La patología de base puede afectar directamente la función sexual.
Como enfermedades crónicas, que pueden interferir por sí mismas en la respuesta sexual.
Incluidos tratamientos médicos adicionales que pueden interactuar con el psicofármaco.
👉🏽 Debido a esta multiplicidad de variables, la disfunción sexual asociada al uso de psicofármacos presenta una alta variabilidad en su manifestación y en el reporte por parte de los pacientes, lo que dificulta su evaluación y comparación sistemática.
En muchas ocasiones, la disfunción sexual se atribuye de manera casi exclusiva al psicofármaco. Si bien los medicamentos cumplen un rol relevante, es importante tener cuidado con esta atribución excesiva, ya que la aparición de dificultades sexuales suele responder a múltiples factores y no únicamente al tratamiento farmacológico.
A esto se suma que aún existe un desconocimiento relevante respecto de los efectos de los psicofármacos sobre la sexualidad. En muchos casos, esta información no forma parte de la psicoeducación básica que reciben las personas durante su proceso terapéutico, lo que dificulta el reconocimiento y el abordaje oportuno de estas dificultades.
Desde el punto de vista clínico, tampoco siempre es sencillo distinguir si la disfunción sexual es consecuencia directa del tratamiento, de la patología de base o de otros factores médicos asociados. Enfermedades crónicas como la hipertensión, la diabetes o el asma, así como sus respectivos tratamientos, pueden influir de manera independiente en la función sexual, complejizando la evaluación.
Por esta razón, el abordaje de la disfunción sexual asociada al uso de psicofármacos requiere una mirada amplia, que considere distintos elementos relevantes, entre ellos:
Este enfoque permite una evaluación más cuidadosa de la disfunción sexual y evita interpretaciones reduccionistas que pueden afectar la toma de decisiones clínicas.
En la práctica clínica, la disfunción sexual asociada al uso de psicofármacos suele estar subvalorada y, en muchos casos, no se plantea de forma explícita en la consulta. Factores como la vergüenza, el desconocimiento respecto de los efectos del tratamiento y la atribución exclusiva de los síntomas a la patología de base dificultan su identificación oportuna.
Esta situación contribuye al subreporte de las disfunciones sexuales, a pesar de su alta frecuencia y de su impacto en la adherencia al tratamiento y en la calidad de vida de las personas.
Son alteraciones de la respuesta sexual que pueden afectar el deseo, la excitación, el orgasmo o la satisfacción. En la literatura clínica el término se usa de forma amplia y no siempre existe una definición única consensuada.
Pueden hacerlo. En clínica se reporta con frecuencia disfunción sexual asociada al uso de antidepresivos, con prevalencias variables según estudio, instrumentos y forma de preguntar/reportar.
Porque pueden influir en mecanismos neurobiológicos involucrados en la respuesta sexual, incluyendo cambios en serotonina, dopamina, prolactina, y en procesos necesarios para la respuesta fisiológica (por ejemplo, vasodilatación).
No. Su aparición depende de múltiples factores: tipo de fármaco, dosis, tiempo de uso, edad, género, síntomas psiquiátricos presentes, comorbilidades médicas y otros tratamientos concurrentes.
No siempre es simple. Muchas veces coexisten factores: la patología de base puede afectar la sexualidad y, además, el tratamiento puede contribuir. Por eso se recomienda una evaluación clínica amplia, idealmente considerando función sexual previa (línea base), evolución temporal y contexto.
Por vergüenza, falta de psicoeducación, barreras culturales y porque a veces se asume que es “parte” del trastorno de base. Esto puede retrasar el abordaje, pese a su impacto en calidad de vida y adherencia.
El primer paso es conversarlo en consulta. El abordaje requiere mirada integradora (biopsicosocial), evitando conclusiones reduccionistas.
Las disfunciones sexuales pueden presentarse como parte de un cuadro en salud mental, por factores médicos o como efecto adverso de psicofármacos. En antidepresivos, este fenómeno es frecuente y puede afectar calidad de vida y adherencia al tratamiento. La evidencia reporta prevalencias amplias por diferencias en definición y medición. Sus mecanismos incluyen cambios neurobiológicos (serotonina, dopamina, prolactina y procesos fisiológicos asociados). Un abordaje clínico útil integra variables del fármaco, síntomas de base y contexto biopsicosocial.
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