Mtro. Jorge Leiva
Magíster en Psicoterapia Cognitivo Post-racionalista. Diplomado de Postítulo en Trastornos Severos de la personalidad y Sexualidad Humana. Terapeuta EMDR. Psicólogo con experiencia en servicio público
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En el Día Mundial de la Concienciación sobre la Autolesión, el docente de ADIPA Jorge Leiva aborda los desafíos clínicos actuales de las autolesiones no suicidas y la urgencia de una mirada profesional libre de estigma.

Desde hace un par de años se invita a la población a visibilizar las autolesiones, generándose el Día Mundial de Concienciación de la Autolesión cuyo fin es romper los estereotipos y mitos típicos que rodean la autolesión, así como llamar a la conciencia de la población y de los profesionales clínicos. Las Autolesiones No Suicidas (ANS) son hoy una de las manifestaciones de malestar emocional más frecuentes en la adolescencia. Como profesionales de la salud mental, es nuestro rol romper el silencio y el estigma que rodea dichas conductas.
Hablar de autolesión en espacios clínicos y educativos no es promover el acto, sino validar el sufrimiento. Es disminuir la desinformación y permitir que el consultante pueda transitar desde el actuar hacia la simbolización. La intervención temprana es clave para evitar que el riesgo escale hacia conductas de mayor letalidad, pues tiene una alta relación con el suicidio, aumentando el riesgo en hasta 10 veces (Hawton y Harriss, 2007 en Leiva Pereira & Concha, 2019).
Actualmente, el DSM-5-TR define la autolesión no suicida como un daño corporal intencional sin propósito letal. Esta categoría permitió diferenciar estas conductas del intento de suicidio, otorgándoles una entidad clínica propia. Sin embargo, el enfoque puramente categorial de “cumple o no cumple” criterios suele ser insuficiente en la práctica.
El desarrollo del futuro DSM-6 propone un cambio de paradigma hacia un modelo más dimensional e integrador. Se busca que el diagnóstico sea un “documento vivo”, integrando marcos como la CIE-11 y los criterios RDoC. Este enfoque permitirá entender la autolesión no solo como un síntoma, sino como una respuesta situada en un contexto, dado que el fenómeno ocurre y puede asociarse a múltiples variables que permiten una comprensión diferente a la mera conducta.
Aunque las ANS se definen por la ausencia de intención letal, la evidencia las sitúa como un factor de riesgo robusto. La frontera entre la autolesión y el intento suicida es a menudo permeable y requiere una evaluación experta. Minimizar estas conductas como “llamados de atención” es un error clínico que aumenta la vulnerabilidad del paciente.
En la clínica, observamos que la autolesión cumple funciones de regulación emocional ante afectos intolerables. Para muchos jóvenes, el dolor físico actúa como un ancla ante el vacío o la despersonalización persistente. Comprender esta función es el primer paso para desarrollar estrategias de afrontamiento más adaptativas y seguras.
El abordaje de la autolesión exige una mirada transdisciplinaria que trascienda el box de atención individual. Frente a esto, es imperativo realizar evaluaciones integrales que incluyan el contexto relacional, familiar y el riesgo suicida actual. Las intervenciones basadas en habilidades de regulación emocional han mostrado la mayor eficacia en la reducción de recurrencia.
Se valida la emoción pero no la conducta de daño.
Concientizar implica facilitar rutas claras de ayuda y fortalecer el acceso a servicios de salud mental especializados. En Chile, la línea *4141 ofrece orientación gratuita 24/7 en prevención del suicidio y contención en crisis.
Pero dependiendo del lugar donde te encuentres existe una herramienta denominada Find a Helpline, que permite buscar líneas de ayuda.
Integrar estos recursos en nuestra práctica profesional reduce las barreras de acceso y fomenta la atención temprana. La psicoeducación hacia los cuidadores es fundamental para transformar el juicio en una escucha activa y protectora. Un profesional informado es el mejor recurso para transformar una situación de crisis en una oportunidad de reparación.
El tránsito hacia modelos dimensionales refleja una transformación necesaria: pasar de etiquetar a comprender trayectorias. La autolesión es una señal de sufrimiento que demanda una escucha especializada y una respuesta libre de juicios de valor. Detrás de cada cicatriz hay una historia que merece ser acompañada con rigor clínico, empatía y compromiso ético.
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