Valentina Garrido
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Aunque cada 2 de abril hablamos de autismo, circulan nuevos datos y cifras, aún predomina en el imaginario colectivo una mirada que lo reduce casi exclusivamente a la infancia.

Aunque cada 2 de abril hablamos de autismo, circulan nuevos datos y cifras, aún predomina en el imaginario colectivo una mirada que lo reduce casi exclusivamente a la infancia. Como si el autismo fuera algo que “se detecta” en la infancia y que eventualmente “se supera” al llegar a la adultez.
Pero las personas autistas no dejamos de serlo, no maduramos hacia la “neurotipicidad”, es decir, no se nos “quita el autismo” en la adolescencia ni en la adultez. Las personas autistas nacemos autistas y así será toda nuestra vida.
Durante décadas, la investigación y las políticas públicas sobre el autismo se centraron casi exclusivamente en la infancia masculina. Lo que dejó invisibilizadas a generaciones completas de personas autistas adultas, especialmente mujeres y personas no binarias, que no encajaban en el estereotipo clásico (Montagut et al., 2018).
Sin embargo, reducir el autismo a una imagen infantil y/o masculina no solo es impreciso, es perjudicial. Esto porque perpetúa estereotipos y el sesgo de género, lo que conlleva a diagnósticos erróneos, tardíos y aumenta el riesgo de presentar problemas de salud mental, tales como ansiedad, depresión y estrés.
Porque cuando no vemos el autismo en la adultez, no generamos apoyos para la transición laboral. Cuando no lo identificamos en mujeres o personas no binarias, perpetuamos el sesgo de género en el diagnóstico. Y cuando no lo pensamos en la vejez, no investigamos cómo envejecen las personas autistas ni qué apoyos necesitarán.
Según la OMS (2025), se calcula que, en todo el mundo, una de cada 127 personas es autista. Pero esta estimación representa una cifra media, pues la prevalencia observada varía considerablemente entre los distintos estudios y se desconoce la prevalencia del autismo en muchos países.
Actualmente, sabemos que el autismo no es una categoría rígida, sino un espectro amplio y heterogéneo. Hoy entendemos el autismo como una condición del neurodesarrollo que se expresa de múltiples maneras, con distintos perfiles cognitivos, sensoriales, comunicativos, emocionales, diversas necesidades de apoyo, con o sin alteración funcional en el lenguaje, y con o sin discapacidad intelectual.
Respecto a esto último, anteriormente se pensaba que existía una estrecha relación entre autismo y discapacidad intelectual, con una prevalencia del 70% aproximadamente. Sin embargo, investigaciones recientes, estiman que 1 de cada 3 personas autistas tendría también discapacidad intelectual, es decir, sólo un 30% (Shenouda et al., 2023).
Para comprender el autismo, no basta con aprender de memoria los criterios diagnósticos. Implica ampliar la mirada hacia la neurodiversidad, aceptar que es un espectro, que la identidad autista puede construirse en distintas etapas del ciclo vital, y que cuando se construye en la adultez, permite comprender y resignificar la propia historia de vida.
Por otro lado, es necesario admitir que aún nos falta mucho por conocer, porque la investigación sobre autismo en adultez y vejez sigue siendo limitada. Y, si bien hoy sabemos mucho más que hace 15 años, especialmente gracias a la participación activa de personas autistas en la producción de conocimiento, todavía no es suficiente.
Este 2 de abril, más que hablar de concientización, necesitamos escuchar las voces autistas, para comprender la heterogeneidad del espectro autista y sus necesidades, y así brindar los apoyos adecuados a lo largo de todo el ciclo vital. Porque el autismo no es una etapa de la infancia y no “desaparece” en la adultez: es una forma de vivir en el mundo. Y esa forma de estar merece respeto en cada momento de la vida.
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