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El trauma vicario es una respuesta psicológica que puede desarrollarse en profesionales expuestos de forma continua al sufrimiento de otras personas. Aunque suele asociarse al trabajo clínico, también puede afectar a quienes desempeñan funciones de acompañamiento, intervención en crisis o ayuda humanitaria.
En este artículo revisamos qué es el trauma vicario, cómo se diferencia del burnout y de la fatiga por compasión, cuáles son sus manifestaciones y qué estrategias de prevención e intervención cuentan con respaldo en la práctica clínica.
Comprender el trauma vicario requiere analizar tanto la evidencia científica como la experiencia clínica de quienes trabajan de manera sostenida con personas que han vivido eventos potencialmente traumáticos. Aunque se trata de un fenómeno ampliamente descrito en la literatura, continúa siendo subidentificado en distintos contextos asistenciales.
Para profundizar en este tema, conversamos con la PhD. Mg. Ps. Mónica Novoa Gómez, psicóloga con más de 30 años de experiencia en el acompañamiento de personas, parejas y comunidades en contextos de trauma y vulnerabilidad psicosocial.
El trauma vicario hace referencia a la transformación que puede experimentar un profesional a partir de la exposición continua al sufrimiento ajeno. A diferencia de otros tipos de desgaste profesional, su característica central es que la persona empieza a vivir las experiencias traumáticas del otro como si fueran propias, con manifestaciones que pueden asemejarse a las de quien vivió la situación de manera directa (McCann y Pearlman, 1990).
Es importante aclarar que el trauma vicario no es un diagnóstico formal reconocido en los manuales diagnósticos actuales como el DSM-5-TR o la CIE-11. Es un concepto clínico útil para describir un fenómeno real y documentado, que puede estar asociado entre otros a síntomas compatibles con el trastorno de estrés postraumático, aunque no son equivalentes.
El término fue acuñado por las investigadoras Lisa McCann y Laurie Anne Pearlman en 1990, quienes trabajaban con terapeutas que acompañaban a sobrevivientes de trauma. A partir de la teoría constructivista del yo, propusieron que la exposición repetida al material traumático de los consultantes podía generar cambios profundos y duraderos en los esquemas cognitivos del terapeuta: en su forma de percibir el mundo, las relaciones, la seguridad y el sentido de la vida (McCann y Pearlman, 1990).
El término oficial es traumatización vicaria o estrés traumático secundario, ambos relacionados con la experimentación de síntomas de estrés en personas cercanas o que atienden a la víctima primaria, como consecuencia de la proximidad de la relación. Se refiere al efecto que genera en los profesionales o cuidadores observar o escuchar el relato del dolor de una persona que ha experimentado un trauma de forma directa.
No es un fenómeno exclusivo de los profesionales de la salud; también puede presentarse en familiares o cuidadores. Sin embargo, en los profesionales la exposición al sufrimiento suele ser repetida debido al volumen de casos, así como a la severidad e impacto de los relatos y vivencias de las personas a quienes acompañan.
Las manifestaciones pueden ser equivalentes a las del trastorno de estrés postraumático (TEPT) o compartir varios de sus síntomas y patrones de respuesta. Entre las más frecuentes se encuentran:
Los eventos o situaciones potencialmente traumáticas pueden ser similares, pero las personas los experimentan de manera diferente. Estas diferencias dependen de múltiples factores, entre ellos variables psicológicas, epigenéticas, psicosociales, estructurales y las características del propio evento traumático.
El trauma vicario puede afectar a cualquier persona que tenga exposición significativa al sufrimiento ajeno. Sin embargo, la investigación disponible sugiere que los profesionales de salud mental, los primeros respondientes, el personal de salud hospitalario y quienes trabajan en contextos humanitarios o de emergencia presentan una mayor vulnerabilidad, dada la naturaleza e intensidad de su exposición (Kim et al., 2022).
“Quienes realizamos labores de cuidado y acompañamiento en salud mental, atención de emergencias o contextos sanitarios, como médicos, enfermeros, psicólogos, psiquiatras y primeros respondientes, solemos presentar una mayor vulnerabilidad a desarrollar desgaste por compasión y trauma vicario”. PhD. Mg. Ps. Mónica Novoa Gómez.
Estos tres conceptos suelen usarse de forma intercambiable, pero describen fenómenos distintos con características y mecanismos diferentes. Distinguirlos tiene implicaciones clínicas directas, tanto para la evaluación como para la intervención.
El burnout o síndrome de desgaste profesional se caracteriza por agotamiento emocional progresivo, despersonalización y reducción del sentido de logro personal, asociado a condiciones laborales sostenidas en el tiempo (Maslach y Leiter, 2016). A diferencia del trauma vicario, no requiere exposición al trauma de otras personas.
La fatiga por compasión, también denominada desgaste por empatía, se refiere al agotamiento emocional y físico que puede aparecer como consecuencia de acompañar de manera continua el sufrimiento de otras personas. Puede manifestarse mediante disminución de la capacidad empática, desgaste en la relación de cuidado y menor satisfacción con la labor profesional.
Según Novoa, el desgaste por compasión se caracteriza por un agotamiento progresivo asociado al cuidado de otras personas, que puede afectar el bienestar emocional del profesional y deteriorar la calidad de la relación terapéutica.
El trauma vicario, en cambio, implica una transformación más profunda: la persona comienza a experimentar el sufrimiento ajeno como propio, con síntomas que pueden asemejarse a los de quien vivió la experiencia de manera directa.
La distinción no es solo conceptual. Una persona con fatiga por compasión puede beneficiarse principalmente de descanso, reorganización de la carga laboral y estrategias de regulación emocional. Una persona con indicadores de trauma vicario puede requerir un acompañamiento más específico que aborde los cambios en sus esquemas cognitivos y su respuesta somática al trabajo clínico.
No obstante, la profesional aclara que pueden coexistir e influirse mutuamente durante el ejercicio profesional.
Los síntomas del trauma vicario pueden manifestarse a nivel emocional, cognitivo, físico y conductual. Su intensidad depende de factores individuales y del contexto laboral, por lo que suelen aparecer de manera progresiva.
A nivel cognitivo, el trauma vicario puede generar cambios en la forma en que el profesional percibe el mundo, las relaciones humanas, la seguridad y el sentido. Puede aparecer una visión más pesimista o desconfiada, dificultad para separar el rol profesional de la vida personal, y pensamientos intrusivos relacionados con los casos que acompaña (McCann y Pearlman, 1990).
Entre los síntomas emocionales más frecuentes se encuentran la tristeza persistente, la sensación de impotencia, el miedo difuso, la dificultad para experimentar satisfacción con el trabajo y, paradójicamente, la distancia emocional como mecanismo de protección. También pueden aparecer reacciones emocionales intensas ante situaciones que antes no generaban ese impacto.
A nivel conductual, el trauma vicario puede manifestarse mediante:
Las manifestaciones somáticas pueden incluir alteraciones del sueño, cambios en el apetito, fatiga crónica, tensión muscular, cefaleas, taquicardia, y alteraciones digestivas. Como señala Mónica Novoa, estas señales físicas suelen ser las primeras en aparecer, antes de que el profesional pueda identificar cognitivamente el impacto de su trabajo.
El trauma vicario no se desarrolla de forma uniforme en todos los profesionales expuestos a situaciones similares. Su aparición depende de una combinación de factores individuales, relacionales y organizacionales que pueden aumentar la vulnerabilidad o actuar como protección. Comprender esa combinación es clave tanto para la prevención como para la intervención.
Entre los factores individuales asociados a una mayor vulnerabilidad se encuentran la historia personal de trauma no elaborado, la tendencia a la hipervinculación con los consultantes, la dificultad para establecer límites, la falta de autoconocimiento sobre los propios límites de exposición y la ausencia de espacios de supervisión o contención (Kim et al., 2022).
Los profesionales en etapas iniciales de su trayectoria también pueden presentar mayor vulnerabilidad, no por menor capacidad, sino por menor experiencia en el manejo de la resonancia emocional que implica el trabajo clínico.
La investigación disponible sugiere que los factores organizacionales tienen un peso significativo en el desarrollo del trauma vicario, que va más allá de las características individuales del profesional (Lister et al., 2021).
Factores organizacionales como:
Los factores protectores operan tanto a nivel individual como organizacional. A nivel individual, el autoconocimiento sobre los propios límites, la capacidad de reconocer señales tempranas de impacto y el acceso regular a supervisión son elementos que la investigación ha asociado con menor vulnerabilidad (Lister et al., 2021).
A nivel organizacional, contar con espacios de supervisión regular, cargas de trabajo razonables, reconocimiento institucional del impacto del trabajo clínico y una cultura que valide la necesidad de cuidado del profesional son factores que pueden contribuir a la prevención.
La evaluación del trauma vicario combina la entrevista clínica con instrumentos psicométricos que permiten identificar el impacto de la exposición al sufrimiento de otras personas y diferenciar este fenómeno de otras formas de desgaste profesional.
Existen instrumentos que pueden contribuir a la evaluación del impacto del trabajo con trauma en los profesionales, aunque es importante señalar que ninguno de ellos constituye por sí solo un diagnóstico. Entre los más utilizados en la investigación se encuentran:
Su uso debe interpretarse en el contexto de una evaluación clínica más amplia.
Más allá de los instrumentos formales, existen señales de alerta que el propio profesional puede comenzar a observar en sí mismo. Reconocerlas tempranamente puede marcar una diferencia importante en la trayectoria del impacto.
“Si empezamos a notar el cansancio, la fatiga, la activación somática, la taquicardia, la sudoración, la sensación de que algo cambia en el cuerpo antes de empezar nuestra labor o apenas hemos terminado. Si no duermes, si estás muy agotado, si ya no te interesa tu labor como antes o si sufres demasiado realizándola, quizás es momento de mirar un poco y poder mirar cómo estás viviendo tu experiencia de ayuda, porque de pronto estás dando más de lo que necesitas dar.” PhD. Mg. Ps. Mónica Novoa Gómez
La prevención e intervención del trauma vicario requiere actuar en varios niveles simultáneamente. Las estrategias que se enfocan únicamente en el individuo pueden resultar insuficientes si no se acompañan de condiciones organizacionales que las hagan sostenibles. Lo que la investigación disponible sugiere es que la combinación de ambos niveles, individual e institucional es lo que mayor utilidad ha mostrado (Kim et al., 2022)
El autocuidado en profesionales de la salud va más allá de las recomendaciones genéricas. Implica un proceso activo de autoconocimiento sobre los propios límites, la identificación de señales tempranas de impacto y la implementación de estrategias concretas de desconexión y recuperación.
Entre las estrategias que la literatura ha asociado con mayor utilidad se encuentran las siguientes (Kim et al., 2022):
Las estrategias individuales son necesarias, pero insuficientes si no se acompañan de condiciones organizacionales que las hagan posibles. La investigación sugiere que las intervenciones más efectivas combinan el nivel individual con el organizacional (Lister et al., 2021).
“Hay condiciones estructurales relacionadas con condiciones laborales. La precarización de las condiciones laborales hace que los profesionales tengan que ver mucha gente porque las tarifas son muy bajas.Son volúmenes de pacientes que hacen que tu atención sea superficial y las personas empiezan a ser objetos, números. Eso es un factor de riesgo importante.” PhD. Mg. Ps. Mónica Novoa Gómez
Entre las estrategias organizacionales documentadas se encuentran:
La supervisión clínica continua es una de las estrategias más relevantes para la prevención del trauma vicario. Sin embargo, en muchos contextos latinoamericanos sigue asociándose únicamente al periodo de formación, lo que deja a los profesionales en ejercicio sin un espacio sistemático de contención y reflexión.
“La supervisión es un espacio de autoconocimiento, de perfeccionamiento de las habilidades terapéuticas y de encuentro con un supervisor ante quien es posible mostrar la propia vulnerabilidad. Debería mantenerse de manera constante durante el ejercicio profesional y no limitarse al período de formación. Es también un espacio de autocuidado”. PhD. Mg. Ps. Mónica Novoa Gómez
La psicoterapia personal, cuando el profesional lo considera pertinente, también puede constituir un espacio para elaborar el impacto acumulado del trabajo clínico. La supervisión clínica y la psicoterapia personal no son estrategias excluyentes, sino que responden a necesidades distintas y pueden complementarse cuando la situación lo requiere.
El trauma vicario y la resiliencia no son polos opuestos. Un profesional puede experimentar el impacto del trabajo clínico y al mismo tiempo desarrollar recursos que le permitan mantenerse en contacto con el sufrimiento ajeno sin ser desbordado por él.
Entender esa coexistencia es fundamental para evitar tanto la negación del impacto como el agotamiento sin retorno.
La resiliencia vicaria es un concepto que describe la transformación positiva que algunos profesionales pueden experimentar a partir del contacto con el sufrimiento y la recuperación de sus consultantes.
Fue propuesta como contraparte al trauma vicario y hace referencia a los cambios en la visión del mundo, el sentido del trabajo y la comprensión de la fortaleza humana que puede surgir del acompañamiento clínico (Hernández et al., 2007).
Es importante señalar que la resiliencia vicaria no implica ausencia de impacto, ni es una consecuencia automática del trabajo con trauma. Puede coexistir con el desgaste y el impacto emocional del trabajo clínico.
Fortalecer la resiliencia no significa ignorar el impacto o asumir que el trabajo con trauma no deja huella. Implica, más bien, desarrollar recursos que permitan al profesional mantenerse en contacto con el sufrimiento ajeno sin ser desbordado por él.
“Levanten la mano. Buscar un colega o acceder a supervisión es fundamental. Cuando el trabajo genera agotamiento persistente, pérdida de interés o sufrimiento excesivo, es importante tomar perspectiva y revisar cómo se está viviendo la experiencia de ayuda”. PhD. Mg. Ps. Mónica Novoa Gómez
El trauma vicario constituye un riesgo asociado a las profesiones de ayuda, pero no es una consecuencia inevitable del trabajo clínico ni una señal de debilidad profesional. Puede afectar a quienes mantienen una exposición sostenida al sufrimiento ajeno y requiere una respuesta que considere tanto las necesidades individuales como las condiciones organizacionales.
Su reconocimiento temprano, junto con el acceso a supervisión, espacios de contención y medidas institucionales de cuidado, puede contribuir a reducir su impacto. Prevenir el trauma vicario también implica proteger la calidad de la atención y promover condiciones de ejercicio profesional sostenibles.
Sí. La modalidad de atención online no elimina la posibilidad de desarrollar trauma vicario. La resonancia emocional que puede generar el contacto con el sufrimiento ajeno ocurre también en formato remoto, especialmente cuando existe una presencia atencional profunda con el consultante. La separación física no equivale a separación emocional o somática.
No necesariamente. El trauma vicario puede dejar huellas en los esquemas cognitivos y en la respuesta emocional de la persona que persisten más allá del cambio laboral. Si no se trabaja de forma específica, los patrones de respuesta pueden mantenerse o reactivarse ante situaciones similares. El cambio de contexto puede aliviar la carga, pero no reemplaza el procesamiento del impacto acumulado.
No. Si bien algunas especialidades implican mayor exposición al sufrimiento traumático, cualquier profesional que trabaje en contacto sostenido con personas en situación de dolor o crisis puede verse afectado. La vulnerabilidad no depende únicamente de la especialidad, sino de la combinación de factores individuales, relacionales y organizacionales presentes en cada caso.
Sí, porque pueden compartir síntomas como pensamientos intrusivos, alteraciones del sueño e hiperactivación. Sin embargo, el TEPT es un diagnóstico formal con criterios específicos, mientras que el trauma vicario describe el impacto de la exposición sostenida al trauma de otras personas. No son equivalentes, aunque pueden coexistir.
En general, la evidencia disponible sugiere que hablar del impacto del trabajo clínico en espacios seguros y estructurados como la supervisión tiene un efecto protector, no perjudicial. El riesgo de impacto negativo puede aumentar cuando esa conversación ocurre sin contención adecuada o de forma retraumatizante. La diferencia está en el contexto, el encuadre y la presencia de un profesional con experiencia que pueda acompañar el proceso.
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