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Imagina una sesión de terapia en la que casi no se habla del problema. Suena contraintuitivo, ¿verdad? Sin embargo, ese pequeño giro de mirada es el motor de uno de los modelos más influyentes de la psicoterapia breve contemporánea.
La Terapia Breve Centrada en Soluciones (TBCS) es un modelo de intervención psicológica que prioriza la construcción de soluciones por sobre el análisis exhaustivo del problema. Forma parte de la familia de la terapia sistémica breve y se apoya en un principio simple pero potente: la solución no necesariamente se encuentra en el problema, así que hablar demasiado de este solo tiende a amplificarlo. En el siguiente artículo revisamos su origen, sus fundamentos teóricos, sus técnicas principales y su aplicación en consulta. Para su desarrollo se entrevistó a Mg. Ps. Rodrigo Mardones, Magíster en Filosofía Contemporánea y en Pedagogía en Educación Superior, Psicólogo Clínico, especialista en Terapia Sistémica, cofundador y director ejecutivo de CESIST-Chile y coautor del libro Historias de cambio: El enfoque sistémico en acción.
La TBCS es un modelo psicoterapéutico que no busca ninguna sesión de más: en vez de explorar un supuesto origen del malestar, que hipotéticamente se encuentra en el pasado lejano del consultante, ayuda a la persona a construir, paso a paso, la vida que desea tener.
El modelo nació en la década de 1980 en Milwaukee (Estados Unidos), creado por el matrimonio conformado por Steve de Shazer e Insoo Kim Berg junto a su equipo del Brief Family Therapy Center (BFTC). Su surgimiento coincide con el momento en que la posmodernidad se instala en Occidente, tras el impacto cultural de las guerras mundiales y la Guerra Fría, un periodo que generó desconfianza hacia los grandes relatos explicativos de la vida cotidiana de las personas, cargadas de ideologías, incluido el psicoanálisis clásico.
Así lo afirmó el especialista:
“Emergen nuevas psicologías que van a tener una mirada más ecléctica… y también con una mirada más pragmática”.
En ese contexto, la escuela sistémica, y luego la propia TBCS, se alejó del lenguaje biomédico de “síntomas” y “diagnósticos” para hablar, en cambio, de problemas situados en un contexto relacional.
La premisa central del modelo es tan simple como reveladora: la solución no puede venir del problema, porque pertenece a otro tipo lógico. Hablar en exceso del problema tiende a amplificarlo emocional, cognitiva y conductualmente, por lo que la TBCS se centra en el presente y solo revisa el pasado cuando el propio consultante lo necesita para comprender su malestar actual. A diferencia de los modelos causa-efecto clásicos, aquí se pregunta cómo funciona el problema hoy, no por qué se originó.
El enfoque de la TBCS parte de una premisa relacional: el problema no define a la persona, y las respuestas para superarlo ya existen en su propia experiencia. Esto se sostiene en dos pilares: su base filosófica y el lugar que ocupa el consultante en el proceso.
La TBCS se enmarca en el constructivismo social y el posmodernismo, corrientes que entienden la realidad como algo que se construye a través del lenguaje y la interacción, más que como un hecho objetivo y fijo. Por eso el modelo presta tanta atención a cómo las personas narran lo que les ocurre: cambiar el relato puede cambiar la experiencia. Esta base epistemológica es también la que conecta a la TBCS con la terapia narrativa, que surgió después y en diálogo directo con el equipo de Milwaukee.
Aquí la persona consultante deja de ser vista como alguien “enfermo” y pasa a ser experta en su propia vida. El profesional no cura ni diagnóstica: acompaña.
Esto dijo el entrevistado:
“El terapeuta funciona como un acompañante, como un colaborador, como alguien que te está influenciando a que puedas observar algunos elementos que has perdido de vista”.
Esto ayuda a reconectar con recursos, habilidades y cualidades que el problema había dejado en segundo plano.
La TBCS se distingue por tres rasgos que se repiten en la práctica clínica: procesos breves pero flexibles, una relación terapéutica horizontal y una mirada puesta siempre en el futuro deseado.
No existe un número fijo de sesiones: lo que se busca es evitar cualquier sesión innecesaria, de modo que un proceso puede durar seis sesiones o veinte, dependiendo de la persona.
Así se refirió el psicólogo Mardones al criterio de efectividad:
“Es un acuerdo… que en un año calendario no se haya vuelto a presentar el malestar, la sintomatología o el problema”.
Si el consultante regresa más adelante por una situación distinta, esto no indica un fracaso terapéutico, sino que aprendió a pedir ayuda cuando la necesita.
El profesional deja de ser una figura de autoridad que interpreta “a espaldas” del paciente y pasa a construir una alianza colaborativa: escucha activamente el relato en busca de recursos y excepciones, valida las emociones cuando aparecen y trabaja codo a codo con el consultante hacia el estado de vida que este desea alcanzar.
En vez de rastrear causas pasadas, la TBCS dirige la conversación hacia el futuro deseado y hacia los momentos en que el problema no ha estado presente o ha sido menos intenso (las llamadas excepciones). Trabajar sobre esos momentos entrega al consultante una sensación real de control y agencia sobre su propio cambio.
Estas son las herramientas más utilizadas en consulta para traducir el enfoque en preguntas y tareas concretas.
Diseñada por Insoo Kim Berg, invita a imaginar que, mientras la persona duerme, ocurre un milagro que resuelve el problema. La pregunta clásica es: “si esta noche te vas a dormir y, sin que hagas nada, el problema se soluciona, ¿en qué te darías cuenta al despertar de que ya no está?”.
En palabras del psicólogo Mardones sobre su origen:
“Un paciente con problemas de alcohol le respondió a Berg que tendría que ocurrir un milagro para controlar la bebida, y de ahí nació la técnica”.
Tiene excepciones: en duelos recientes, por ejemplo, requiere mucho más cuidado en su aplicación.
Se pide al consultante que puntúe en una escala de 0 a 10 dónde se encuentra respecto a su objetivo, y luego se explora qué necesitaría para subir solo un punto. Es una herramienta simple que vuelve tangible un cambio que, de otro modo, parecería abstracto.
Consiste en preguntar cuándo el problema no aparece o es menos intenso, para luego amplificar esa conversación.
Así lo afirmó el doctor:
“En la medida en que trabajamos la excepción, ayudamos a que el paciente logre una noción de control”.
Esto permite transferir ese aprendizaje a otras áreas de la vida del consultante.
Se utiliza con personas muy desmoralizadas: en vez de preguntar cómo lograr el cambio, se pregunta cómo ha logrado sostenerse a pesar de la dificultad. Esto permite reconocer recursos que la propia persona no valoraba.
El terapeuta destaca en voz alta las fortalezas, decisiones o esfuerzos que identifica en el relato del consultante. No es un halago vacío: es una forma de devolver atención a lo que ya funciona.
Se asignan pequeñas tareas de observación o de acción para practicar entre encuentros, generalmente ligadas a las excepciones o al siguiente paso hacia el objetivo.
Antes de la primera sesión se pide al consultante que observe qué cosas de su vida quiere que sigan ocurriendo, sentando así una base de recursos incluso antes de comenzar formalmente el proceso.
Consiste en ofrecer una lectura alternativa y más útil de una conducta o situación, sin negar la dificultad, pero abriendo espacio a otras interpretaciones posibles.
En lugar de plantear metas grandes, se pregunta cuál sería el paso mínimo siguiente hacia el objetivo. Los cambios pequeños y sostenibles suelen ser más realistas que los saltos abruptos.
Al final de cada encuentro, el terapeuta entrega una breve devolución que resume los recursos identificados y, si corresponde, propone una tarea. Este cierre refuerza lo trabajado y da continuidad al proceso.
En la práctica, la TBCS se aplica a un rango amplio de motivos de consulta, desde ansiedad y depresión hasta situaciones de estrés agudo, conflictos familiares y conducta infantil. La revisión de Gingerich y Peterson (2013) encontró evidencia especialmente sólida en el tratamiento de la depresión en adultos, con resultados comparables a tratamientos ya establecidos y usando, en general, menos sesiones. En Chile, un ensayo controlado aleatorizado con población expuesta a un evento altamente estresante mostró aumentos en el crecimiento postraumático y en el afrontamiento centrado en el problema tras una intervención breve de este tipo (Concha Ponce et al., 2022). En el ámbito familiar, un estudio de caso documentó su uso para abordar la conducta infantil y fortalecer el rol parental ejercido por abuelos a cargo de sus nietos (Dorantes Rodríguez, 2017).
Esto dijo el entrevistado al respecto:
“Todas las terapias son efectivas para todos los tipos de problemas psicológicos que existen”.
Lo determinante, según explica, no es la etiqueta diagnóstica, sino la calidad de la aplicación.
Como todo modelo terapéutico, la TBCS tiene fortalezas claras y también límites que conviene conocer antes de aplicarla o de elegir como consultante.
Nota: elaborado a partir de De la Fuente Blanco et al. (2019) y Gingerich y Peterson (2013).
La Terapia Breve Centrada en Soluciones propone un giro sencillo pero profundo: dejar de darle todo el protagonismo al problema y empezar a construir, activamente, la solución. Su origen en Milwaukee, su base en el constructivismo social y sus técnicas comparten un mismo espíritu: el consultante ya tiene, en gran medida, lo que necesita para cambiar. Aplicada con criterio y adaptada al contexto cultural de cada persona, ofrece una vía breve, colaborativa y basada en evidencia dentro del amplio campo de la psicoterapia.
No hay un número fijo: el principio rector es que no exista ninguna sesión de más. En la práctica, algunos procesos se resuelven en pocas sesiones y otros pueden extenderse a veinte, siempre menos que en modelos clásicos de mayor duración. Un criterio habitual para considerar exitoso un proceso es que el malestar no reaparezca dentro de un año calendario tras finalizar la intervención.
Sí. La revisión sistemática de Gingerich y Peterson (2013) encontró que la evidencia más sólida de eficacia de la TBCS corresponde precisamente al tratamiento de la depresión en adultos, con resultados comparables a tratamientos ya validados. También se reportan beneficios en cuadros de ansiedad, aunque, como en toda intervención psicológica, los resultados dependen de una correcta adaptación al caso y de la formación del terapeuta.
Ambas son breves y cuentan con respaldo empírico, pero parten de tradiciones distintas. La terapia cognitivo conductual trabaja identificando y modificando pensamientos y conductas asociados directamente al problema, con un componente más estructurado de análisis del síntoma. La TBCS, en cambio, proviene de la tradición sistémica y constructivista, y evita deliberadamente profundizar en el problema, priorizando la construcción activa de soluciones y futuros deseados desde la primera sesión.
Sí, de hecho es habitual. Al ser un modelo pragmático y ecléctico por diseño, la TBCS suele integrarse con otras miradas sistémicas o incluso familiares, según lo requiera cada caso. Un ejemplo de esto es el trabajo documentado por Dorantes Rodríguez (2017), donde se combinó el enfoque centrado en soluciones con una mirada sistémico-familiar para abordar la conducta infantil y el rol parental ejercido por abuelos a cargo de sus nietos.
Sí. La TBCS se ha aplicado con buenos resultados en contextos familiares, incluyendo dinámicas de crianza no convencionales, como el caso de abuelos a cargo de la crianza documentado por Dorantes Rodríguez (2017). Su enfoque en recursos, más que en etiquetas diagnósticas, suele facilitar la participación activa de niños, niñas y sus cuidadores dentro del proceso terapéutico, siempre que el lenguaje y las técnicas se adapten a la edad y al contexto familiar.
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