Ps. Natalia Ojeda Barra
Psicóloga Clínica titulada con distinción de la Universidad de Valparaíso
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En el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, la psicóloga Natalia Ojeda reflexiona sobre cómo la violencia digital se ha normalizado y por qué recuperar la empatía es clave para cuidar la salud mental colectiva.

Nunca habíamos tenido tantas oportunidades para hablar. Actualmente, podemos opinar en tiempo real sobre cultura, deporte, educación, política y salud. Y podemos comunicarnos con personas de cualquier parte del mundo con solo tocar una pantalla.
No obstante, pareciera que cada vez nos cuesta más conversar. Basta abrir cualquier red social para encontrar burlas, insultos, humillaciones o ataques personales dirigidos a personas que muchas veces ni siquiera conocemos. Lo preocupante es que estas conductas ya no parecen excepcionales y poco a poco, se han vuelto parte de nuestra vida cotidiana al deslizar la pantalla del celular.
El problema es que esto dejó de sorprendernos y hemos comenzado a normalizar algo que no debería ser normal. La investigación muestra que el discurso de odio en línea se ha transformado en una experiencia frecuente para muchos usuarios, especialmente entre los más jóvenes. Además, sabemos que la exposición constante a este tipo de contenido tiene consecuencias negativas sobre las emociones, el bienestar psicológico y la salud mental.
Sin embargo, cuando hablamos de odio en redes sociales solemos cometer un error: pensamos que se trata únicamente de personas agresivas diciendo cosas agresivas. Pero desde la psicología sabemos que muchas conductas hostiles pueden estar motivadas por sentimientos de envidia o frustración, proyección del malestar interno, búsqueda de validación, necesidad de control y sensación de impunidad.
Las redes sociales agregan un ingrediente adicional: la distancia emocional. Porque cuando solo vemos una pantalla, resulta más fácil olvidar que detrás existe una persona real. Y cuando dejamos de percibir a la otra persona como alguien complejo, con emociones, historia y vulnerabilidades, se vuelve más sencillo reducirla a una caricatura, una etiqueta o incluso un enemigo.
Quizás por eso el discurso de odio rara vez busca dialogar o intercambiar argumentos. No intenta comprender ni llegar a acuerdo. Su objetivo suele ser otro: dañar, descalificar, desprestigiar o ridiculizar (Malecki et al., 2021).
Lo paradójico es que las personas que reciben más odio suelen ser precisamente aquellas que se muestran de forma auténtica, comparten su experiencia, expresan opiniones, participan en causas sociales o pertenecen a grupos históricamente discriminados. Por ejemplo, según ONU Mujeres (2025), a nivel mundial, las niñas y mujeres son el blanco principal y desproporcionado de la violencia digital. Cerca del 38% de las mujeres en el mundo ha sufrido violencia en línea. Y aproximadamente 1.800 millones de niñas y mujeres (44%) viven en países donde no existe protección legal frente al ciberacoso.
El discurso de odio no solo daña a quien lo recibe, también afecta a quienes lo observan, porque cada comentario agresivo contribuye a construir un entorno donde la hostilidad parece aceptable, la empatía pierde valor y la conversación pública se vuelve cada vez más difícil.
Tal vez la pregunta más importante no sea por qué algunas personas odian en Internet, sino qué ocurre cuando el odio deja de sorprendernos. Porque una sociedad no se deteriora solamente cuando aparecen discursos violentos. También se deteriora cuando aprende a convivir con ellos como si fueran inevitables. Muchas personas evitan involucrarse como una forma de protección o por resignación, pero esto no implica apatía o desinterés, sino decisiones complejas y contextuales (Schmid et al., 2024).
En el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en julio de 2021, para hacer frente a la propagación mundial de mensajes que incitan a la violencia y la discriminación, quizás el desafío sea recuperar la capacidad de reconocer la humanidad del otro incluso en medio del desacuerdo. Porque debatir no es odiar, criticar no es humillar, y la libertad de expresión nunca debería convertirse en una excusa para deshumanizar a otras personas. Finalmente, si algo necesitamos hoy, no es más capacidad para hablar, es más capacidad para escucharnos.
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