Valentina Garrido
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El síndrome de Asperger fue una categoría diagnóstica que actualmente se integra dentro del Trastorno del Espectro Autista (TEA). El cambio corresponde a una actualización de la clasificación clínica y no invalida la experiencia ni la identidad de quienes recibieron ese diagnóstico.
Aunque Asperger continúa siendo un término frecuente en búsquedas, conversaciones y diagnósticos previos, el DSM-5 y la CIE-11 dejaron de clasificarlo como una condición separada. Esta actualización puede generar dudas en adultos que recibieron esa denominación o que se identifican con ella.
Según explica la psicóloga Manola Montaña, las personas no cambiaron: cambió la manera en que la ciencia organiza y comprende el autismo. Este artículo aborda qué motivó esa modificación y qué significa actualmente para las personas adultas autistas.
El síndrome de Asperger fue una categoría diagnóstica utilizada durante años para describir a personas que presentaban diferencias persistentes en la comunicación e interacción social, junto con intereses restringidos o conductas repetitivas, sin retraso significativo en el desarrollo del lenguaje ni discapacidad intelectual.
El término proviene del pediatra austríaco Hans Asperger, quien en la década de 1940 describió a niños con desafíos en la interacción social, intereses profundos y formas de comunicación diferentes, pero con lenguaje desarrollado. Con el avance de la investigación, estas características comenzaron a comprenderse como parte de un espectro autista más amplio y diverso, en lugar de una condición separada.
Muchas personas adultas recibieron este diagnóstico antes de la actualización de los manuales diagnósticos y continúan utilizándolo para referirse a su propia experiencia. Por ello, aunque hoy ya no constituye un diagnóstico independiente, el término sigue teniendo un valor personal e identitario para quienes crecieron o fueron evaluados bajo esa clasificación.
Actualmente, el síndrome de Asperger dejó de utilizarse como un diagnóstico independiente porque la evidencia científica mostró que sus características forman parte de un mismo continuo clínico junto con otros perfiles del espectro autista. Por ello, tanto el DSM-5 como la CIE-11 integraron las antiguas categorías bajo el diagnóstico de Trastorno del Espectro Autista (TEA) (American Psychiatric Association, 2014; Organización Mundial de la Salud, 2019).
Este cambio respondió a décadas de investigación que evidenciaron un amplio solapamiento entre las características atribuidas al síndrome de Asperger y otros perfiles del autismo. En lugar de diferenciarlos como condiciones separadas, la clasificación actual considera que estas diferencias reflejan distintas formas de manifestarse dentro de un mismo espectro.
Para la especialista, la actualización no modifica la experiencia de las personas:
“Lo que cambia es la forma en que los profesionales clasificamos y comprendemos estas características”.
En la práctica clínica, la evaluación ya no busca diferenciar entre antiguas categorías diagnósticas, sino comprender el perfil particular de la persona, considerando la comunicación social, los patrones repetitivos, las fortalezas individuales y las necesidades de apoyo en los distintos contextos de su vida.
Actualmente, el síndrome de Asperger no constituye un diagnóstico separado: los perfiles antes descritos con ese término se comprenden dentro del espectro autista. Sin embargo, comprender cómo surgió esta clasificación ayuda a explicar por qué muchas personas continúan utilizando esa denominación.
Durante años, el síndrome de Asperger se utilizó para describir a personas que no presentaban discapacidad intelectual ni un retraso significativo en el desarrollo del lenguaje. Hoy se sabe que esas características también pueden estar presentes en otras personas autistas, por lo que dejaron de considerarse suficientes para establecer un diagnóstico independiente.
Edelson (2022) identificó similitudes y diferencias entre personas diagnosticadas previamente con síndrome de Asperger y otros perfiles del espectro autista. Sus resultados respaldan comprender ambos grupos dentro del espectro autista, aunque el autor también plantea que podrían existir características útiles para investigar posibles subtipos clínicos.
Como explica Manola Montaña, actualmente el autismo se entiende como un espectro, es decir, una condición que puede manifestarse de formas muy diversas. Esto implica reconocer que cada persona presenta un perfil único de fortalezas, desafíos y necesidades de apoyo, sin que exista una única forma de ser autista.
El autismo en adultos puede manifestarse de distintas formas durante esa etapa vital, por lo que no existe un perfil único. Muchas personas llegan a esta etapa sin haber recibido un diagnóstico durante la infancia, especialmente si desarrollaron estrategias para adaptarse a las demandas sociales o si sus características pasaron desapercibidas.
Según explica la psicóloga, es frecuente que las personas adultas consulten después de años sintiéndose “diferentes”, sin comprender por qué determinadas situaciones sociales, laborales o cotidianas les resultan especialmente demandantes. En muchos casos, el diagnóstico permite reinterpretar experiencias vividas desde la infancia y comprender aspectos de su historia personal que antes no tenían explicación.
Aunque la experiencia es diferente en cada persona, algunas manifestaciones que pueden observarse en la adultez incluyen:
Una evaluación en la adultez puede favorecer el autoconocimiento, orientar los apoyos y ayudar a reinterpretar experiencias que anteriormente fueron atribuidas a otras causas.
El diagnóstico de autismo en mujeres adultas continúa representando un desafío clínico, ya que muchas aprenden desde edades tempranas a adaptarse a las expectativas sociales, lo que puede hacer que sus características pasen inadvertidas durante años.
Una de las estrategias más descritas es el camuflaje o masking, que consiste en ocultar o compensar determinadas características autistas para ajustarse a las normas sociales del entorno. Esto puede incluir observar e imitar el comportamiento de otras personas, preparar conversaciones de manera anticipada o esforzarse por disimular el malestar en situaciones sociales.
De acuerdo con Manola Montaña, este esfuerzo sostenido puede contribuir a que muchas mujeres reciban un diagnóstico más tardío que los hombres. Con frecuencia, llegan a consulta tras años de sentir que deben adaptarse constantemente para responder a las expectativas del entorno, experimentando un importante desgaste emocional.
Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Psychiatry encontró que varios estudios reportan mayor camuflaje en mujeres autistas, aunque los resultados sobre diferencias de género no son completamente consistentes. También se observaron asociaciones entre el camuflaje y experiencias como ansiedad, agotamiento y malestar psicológico (Alaghband-Rad et al., 2023).
Reconocer estas diferencias contribuye a realizar evaluaciones más sensibles a la diversidad de perfiles dentro del espectro autista y a reducir el riesgo de diagnósticos tardíos o de interpretaciones clínicas incompletas.
Puede ser recomendable solicitar una evaluación cuando una persona reconoce un patrón presente a lo largo de su vida que le genera malestar, desgaste o dificultades sostenidas en distintos contextos. Esto puede ocurrir cuando siente que debe esforzarse constantemente para encajar, termina exhausta después de socializar o experimenta dificultades persistentes frente a cambios, estímulos sensoriales o dinámicas sociales.
La especialista también señala que una consulta puede ser pertinente cuando existen diagnósticos previos, como ansiedad, depresión o trastorno límite de la personalidad, que no alcanzan a explicar por completo la experiencia de la persona. En estos casos, una evaluación clínica integral puede ayudar a comprender su historia de desarrollo, funcionamiento actual, estrategias de adaptación y necesidades de apoyo.
La evaluación del autismo en la adultez debe ser integral y estar a cargo de profesionales con formación específica en este ámbito. Puede participar un psicólogo clínico, psiquiatra o neurólogo y, según las necesidades de la persona, también profesionales como terapeuta ocupacional o fonoaudiólogo.
El proceso suele incluir una entrevista clínica profunda sobre la historia del desarrollo, la infancia, las relaciones sociales, la comunicación, los intereses, el procesamiento sensorial, el funcionamiento actual y las estrategias de adaptación.
Como apoyo, pueden utilizarse instrumentos estandarizados como el ADOS-2, la ADI-R o la RAADS-R. Sin embargo, tal como enfatiza Manola Montaña, ningún instrumento entrega por sí solo un diagnóstico: sus resultados deben interpretarse junto con la entrevista clínica, los antecedentes del desarrollo y el funcionamiento cotidiano de la persona.
El síndrome de Asperger dejó de utilizarse como diagnóstico independiente, pero puede conservar un significado histórico e identitario para algunas personas. Actualmente, estos perfiles se comprenden dentro del espectro autista y la evaluación clínica se orienta hacia las características, el contexto y las necesidades de apoyo individuales. En la adultez, considerar el camuflaje y la diversidad de manifestaciones resulta fundamental para evitar evaluaciones incompletas.
No necesariamente. El diagnóstico previo forma parte de la historia clínica de la persona. Si requiere una evaluación actual, el profesional utilizará los criterios vigentes del Trastorno del Espectro Autista (TEA).
No. Algunas personas continúan utilizándolo porque forma parte de su historia diagnóstica o de su identidad. Sin embargo, en el ámbito clínico actual el diagnóstico corresponde al Trastorno del Espectro Autista (TEA).
No. Aunque algunas personas establecen esa comparación, no existe una equivalencia directa. Los niveles de apoyo se asignan según las necesidades actuales de cada persona y no reemplazan los antiguos diagnósticos.
El camuflaje consiste en desarrollar estrategias para ocultar o compensar características autistas con el fin de adaptarse a las expectativas sociales. Puede contribuir al diagnóstico tardío y generar un importante desgaste emocional.
Porque sus características pudieron pasar desapercibidas durante la infancia o fueron compensadas mediante estrategias de adaptación. En otros casos, el diagnóstico llega cuando las demandas sociales, académicas o laborales hacen más evidentes las necesidades de apoyo.
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