Ps. María José Jeldres
Psicóloga, Universidad Miguel de Cervantes.
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Tiempo de lectura:5 minutos
¿Quién soy cuando dejo de ser “solo” mamá o papá de tiempo completo? Esta es la pregunta que nadie te preparó para responder y que la ciencia dice que puede convertirse en una oportunidad, no solo en una pérdida.

Cuando hablamos de nido vacío solemos pensar en la tristeza que aparece cuando los hijos dejan el hogar. Sin embargo, en la práctica clínica, muchas veces el desafío más importante aparece en otro lugar.
No siempre tiene que ver con la distancia física. Tiene que ver con la identidad.
Porque cuando los hijos comienzan a construir una vida propia, algunas madres y padres descubren que también necesitan responder una pregunta para la que nadie los preparó:
¿quién soy ahora?
Mi impresión es que hablar exclusivamente del “síndrome del nido vacío” puede simplificar una experiencia humana mucho más compleja. Aunque algunas personas viven esta etapa con sufrimiento significativo, para muchas otras representa una transición esperable del ciclo vital, marcada por pérdidas, cambios y también oportunidades de desarrollo.
El concepto de síndrome del nido vacío ha sido utilizado para describir sentimientos de tristeza, soledad o pérdida de propósito que algunas madres y padres experimentan cuando sus hijos abandonan el hogar. Sin embargo, la evidencia actual muestra que no existe una respuesta emocional única frente a esta etapa (Khatir et al., 2024).
La experiencia puede variar considerablemente según factores como la calidad de la relación con los hijos, la situación de pareja, el apoyo social disponible, las condiciones económicas y el significado que cada persona ha otorgado a su rol parental a lo largo de la vida.
La literatura también sugiere que esta transición puede involucrar experiencias aparentemente opuestas. Algunas personas experimentan una sensación de pérdida asociada al cambio de rol, mientras que otras reportan alivio ante la disminución de las responsabilidades cotidianas relacionadas con la crianza. En muchos casos, ambas experiencias pueden coexistir (Hartanto et al., 2024).
Por ello, sentir nostalgia cuando una etapa importante termina no constituye necesariamente un problema de salud mental. Del mismo modo, experimentar alivio o disfrutar de una mayor libertad tampoco implica falta de amor o compromiso hacia los hijos.
Durante años, la parentalidad puede convertirse en el eje que organiza gran parte de la vida cotidiana.
No solo porque implica responsabilidades concretas, sino porque también entrega estructura, propósito y una respuesta relativamente clara acerca del lugar que ocupamos dentro de la familia.
Las decisiones, los horarios, las preocupaciones e incluso muchos proyectos personales suelen organizarse en torno al cuidado de los hijos. Por eso, cuando esa etapa cambia, algunas personas descubren que el desafío no consiste únicamente en adaptarse a una casa más silenciosa.
Consiste en reorganizar una identidad que llevaba años construyéndose alrededor del cuidado. Las investigaciones sobre transiciones vitales muestran que los cambios pueden resultar especialmente difíciles cuando implican la transformación o pérdida de roles significativos sin que existan otras fuentes de pertenencia y continuidad que permitan sostener el sentido de quiénes somos (Praharso et al., 2017).
En este contexto, el nido vacío puede reactivar preguntas que habían permanecido en segundo plano durante años: ¿qué proyectos siguen siendo míos?, ¿qué lugar ocupa hoy mi relación de pareja?, ¿qué intereses dejé de lado?, ¿cómo quiero vivir esta etapa de mi vida?
Más que una crisis asociada exclusivamente a la partida de los hijos, muchas veces se trata de un proceso de reorganización personal.
La salida del hogar tampoco significa el fin de la parentalidad.
En la adultez contemporánea, el vínculo entre padres e hijos suele mantenerse activo a través del contacto frecuente, el apoyo emocional, la colaboración práctica y la participación en decisiones importantes. De hecho, diversos estudios muestran que los padres continúan desempeñando un papel relevante en la vida de sus hijos adultos mucho después de finalizada la convivencia (Fingerman, 2017).
Lo que cambia no es la existencia del vínculo, sino la manera de ejercerlo.
La tarea pasa de acompañar de forma directa a aprender a estar presentes respetando la autonomía del otro. Se trata de una transición que exige confianza, flexibilidad y la capacidad de relacionarse desde un lugar distinto.
Esta nueva etapa también puede generar cambios en la relación de pareja. Para algunas personas, deja al descubierto dificultades que habían quedado invisibilizadas por las exigencias de la crianza. Para otras, abre oportunidades de reconexión y desarrollo de proyectos compartidos. Un estudio realizado con parejas encontró asociaciones entre la etapa del nido vacío y mayores niveles de cercanía marital, aunque ello no permite afirmar una relación causal directa (Tracy et al., 2022).
Para quienes trabajamos en salud mental, uno de los principales desafíos consiste en evitar la patologización automática de esta experiencia.
La tristeza, la nostalgia o la incertidumbre pueden formar parte de una transición significativa sin constituir necesariamente un trastorno psicológico. Por ello, resulta fundamental comprender qué significado tiene este cambio para cada persona, cuáles son los recursos con los que cuenta y qué aspectos de su identidad necesitan ser fortalecidos o reconstruidos.
Una madre que organizó gran parte de su vida en torno al cuidado probablemente enfrentará desafíos distintos a los de alguien que mantuvo múltiples espacios de desarrollo personal, social o profesional. Del mismo modo, la calidad de los vínculos familiares, la situación de pareja y la presencia de redes de apoyo influirán en la forma de vivir esta transición.
El trabajo clínico no consiste en eliminar rápidamente el malestar, sino en acompañar el proceso de adaptación, facilitar la elaboración de la pérdida simbólica y favorecer la construcción de nuevos significados y proyectos personales.
Tal vez el desafío del nido vacío no sea volver a llenar rápidamente el espacio que quedó libre. Tal vez sea aprender a habitar una etapa distinta.
Reconocer que el vínculo con los hijos continúa, aunque de otra manera.
Aceptar que algunas versiones de nosotros mismos terminan junto con ciertas etapas de la vida.
Y descubrir que, incluso después de años dedicados al cuidado, todavía es posible construir nuevos proyectos, nuevos significados y nuevas formas de encontrarnos con quienes somos.
Porque los hijos crecen.
Pero el desarrollo personal de quienes los acompañaron también continúa.
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