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El ciberbullying es el uso de la tecnología de la información y la comunicación para intimidar, acosar o amenazar deliberadamente a otra persona, de forma repetida y hostil (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007). Para hablar propiamente de ciberbullying, la conducta debe cumplir tres condiciones: intención de dañar, repetición en el tiempo y desequilibrio de poder entre quien agrede y quien es agredido (García-Maldonado et al., 2011).
Se trata de un fenómeno emparentado con el bullying tradicional, pero no idéntico a él: puede actuar como una extensión o “reforzador” de un acoso presencial ya existente, o presentarse sin ningún antecedente previo, dirigido a una persona que hasta ese momento no había sido víctima de acoso en el colegio (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
La diferencia central es que el bullying tradicional tiene límites de tiempo, lugar y audiencia, mientras que el ciberbullying no los tiene. El acoso presencial ocurre cara a cara, generalmente dentro del horario escolar y ante un número reducido de testigos; el ciberbullying, en cambio, es indirecto, puede ocurrir a cualquier hora y en cualquier lugar, y su audiencia potencial es tan amplia como Internet mismo (García-Maldonado et al., 2011).
| Bullying | Ciberbullying |
|---|---|
| Cara a cara. | Anónimo. |
| En grupo o individual. | Individual. |
| Golpes, empujones, agresión verbal o exclusión social. | Mensajes, correos electrónicos, imágenes manipuladas. |
| Solo en horas de escuela. | En todos lados y a toda hora. |
| Se limita a la agresión directa. | Sin límite de alcance. |
| Audiencia escolar. | Audiencia mundial por internet. |
| Certeza de que ocurre solo en el ámbito escolar. | Incertidumbre sobre quién ha visto las imágenes o mensajes. |
Diferencias entre bullying y ciberbullying (García-Maldonado et al., 2011).
La causa estructural del ciberbullying es el anonimato: al no tener contacto directo con la víctima, el agresor no ve su rostro ni su dolor, lo que dificulta la atribución causal entre la propia conducta y el daño provocado y reduce enormemente la posibilidad de que sienta empatía o remordimiento (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007). El ciberagresor obtiene satisfacción imaginando el daño causado, precisamente porque no tiene que presenciarlo (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
A esto se suman factores de riesgo bien documentados: más tiempo de uso de internet, tener un perfil en una red social, usar mensajería instantánea, cámaras web o salas de chat, y no contar lo sucedido a nadie (García-Maldonado et al., 2011). En cuanto al sexo, un estudio con 3,500 adolescentes encontró que los varones asumen más el rol de agresores, tanto en bullying como en ciberbullying, mientras que las mujeres muestran niveles más altos de cibervictimización y de ciberobservación (Cardozo et al., 2017). Respecto a la edad, a mayor edad aumenta la probabilidad de asumir el rol de observador de estas conductas (Cardozo et al., 2017).
Existen distintas vías para ejercer ciberbullying, según el medio tecnológico que se utilice para llevarlo a cabo (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007; García-Maldonado et al., 2011).
Consiste en enviar de forma repetida mensajes ofensivos y hostigadores a través del correo electrónico o de aplicaciones de mensajería instantánea. También incluye la usurpación de identidad, cuando alguien adopta un nombre de usuario parecido al de la víctima para desprestigiarla ante otros (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
Incluye llamadas silenciosas o a horarios inadecuados, insultos, amenazas y mensajes de texto o multimedia con contenido intimidatorio. El acceso sencillo a los números de teléfono y la posibilidad de ocultar el número del emisor facilitan el anonimato del agresor (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
Algunos agresores graban sus propias agresiones con el móvil o con cámaras digitales y después las distribuyen por internet, buscando no solo humillar a la víctima sino obtener reconocimiento entre sus pares por la propia conducta violenta (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
Consiste en crear páginas web o publicaciones para ridiculizar o difamar a una persona, en ocasiones incluyendo sistemas de votación para elegir “al más feo” o “al más tonto” del grupo, lo que amplifica el efecto humillante (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
Aunque no siempre son evidentes de inmediato, existen señales físicas y emocionales asociadas al ciberbullying que facilitan identificar los casos con mayor rapidez: insomnio, ansiedad, cefalea, dolor abdominal y baja autoestima son consecuencias frecuentes que pueden observarse en quien está siendo víctima (García-Maldonado et al., 2011). A esto se suma un dato preocupante: hasta el 50% de las víctimas no cuenta lo que le está pasando a nadie, o rara vez lo hace, lo que incrementa el riesgo de que la situación se repita (García-Maldonado et al., 2011).
Las consecuencias del ciberbullying pueden ser más profundas que las del acoso presencial, porque quien lo sufre pierde la sensación de tener un refugio seguro: el hogar, que antes protegía a la víctima del acoso escolar hasta el día siguiente, deja de ser un espacio de descanso cuando el agresor puede alcanzarla a cualquier hora (García-Maldonado et al., 2011). Esta pérdida de control sobre cuándo y dónde puede ocurrir el siguiente ataque erosiona el locus de control de la víctima, generando sentimientos de inseguridad, indefensión e impotencia (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
Entre las consecuencias documentadas se encuentran dificultades académicas, problemas de comportamiento, depresión e ideación suicida, y en los casos más graves, intentos suicidas u homicidas (García-Maldonado et al., 2011). Un estudio encontró, además, que los adolescentes que reportaron haber sido acosados por internet en el último mes eran ocho veces más propensos a llevar un arma a la escuela que quienes no habían sido acosados (García-Maldonado et al., 2011).
Ante una sospecha de ciberbullying, lo más importante es que el menor acuda en busca de apoyo a un familiar o a un profesor de confianza, evite responder a las agresiones con más violencia y, en la medida de lo posible, ignore al grupo de agresores (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007). Para que esto sea posible, padres y docentes deben practicar una escucha activa real: solo así los menores sentirán la confianza suficiente para contar lo que les está pasando, en lugar de sumarse al 50% que prefiere callarlo (García-Maldonado et al., 2011).
También es clave que las familias se involucren de forma proactiva, estableciendo normas claras sobre el uso de la tecnología en casa, sin necesidad de prohibirla ni demonizarla (Hernández Prados y Solano Fernández, 2007). Muchos padres imponen reglas sobre el uso de internet sin ser realmente conscientes de las amenazas que existen en la red, lo que limita su capacidad real de acompañar a sus hijos (García-Maldonado et al., 2011).
El ciberbullying traslada el acoso escolar al terreno digital, quitándole a la víctima el refugio del hogar y multiplicando el alcance y el anonimato del agresor frente al bullying tradicional (García-Maldonado et al., 2011; Hernández Prados y Solano Fernández, 2007). Sus causas combinan el anonimato que dificulta la empatía y la atribución de responsabilidad, con factores de riesgo como el tiempo de uso de internet y la falta de comunicación entre menores y adultos de confianza. Reconocer sus señales de alerta y fomentar la escucha activa en la familia y la escuela son, según la evidencia disponible, las estrategias más efectivas para prevenirlo y detenerlo a tiempo (Cardozo et al., 2017; García-Maldonado et al., 2011; Hernández Prados y Solano Fernández, 2007).
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