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El locus de control es la creencia de una persona sobre dónde se localiza la causa de lo que le ocurre: si percibe que un acontecimiento depende de su propia conducta o de sus características relativamente estables, se habla de una creencia en el control interno; si, en cambio, percibe que ese resultado depende de la suerte, del azar o de terceros, se habla de una creencia en el control externo (Rotter, 1966, tal como se recoge en Visdómine-Lozano y Luciano, 2006).
Se trata de una creencia de naturaleza cognitiva, vinculada a la cognición: una representación subjetiva sobre la propia capacidad para controlar o modificar los hechos importantes de la vida, que funciona como base para la planificación y ejecución de la conducta (Oros, 2005). El locus de control no aparece de forma aislada dentro de la psicología: comparte familia conceptual con otros constructos de la autorregulación conductual, como la autoeficacia percibida, la competencia o la atribución causal, con los que en ocasiones se solapa (Visdómine-Lozano y Luciano, 2006).
El concepto fue formulado por Julian B. Rotter en 1966, dentro de su Teoría del Aprendizaje Social, aunque existieron dos intentos previos de medirlo que nunca llegaron a publicarse (Oros, 2005). Rotter elaboró una escala bidimensional de internalidad-externalidad de 29 ítems, en la que cada ítem presenta dos enunciados sobre las causas genéricas del éxito y el fracaso, uno de corte interno y otro externo, entre los que la persona debe elegir (Visdómine-Lozano y Luciano, 2006).
Durante años se consideró que el locus de control era unidimensional, es decir, que una persona se ubicaba en algún punto entre los polos interno y externo. Con el tiempo, distintos autores demostraron que esta visión resultaba insuficiente y que el constructo debía entenderse de forma multidimensional, incorporando subdimensiones adicionales dentro de la propia externalidad e internalidad (Oros, 2005).
Aunque la distinción clásica es interno-externo, la investigación posterior a Rotter mostró que la externalidad, en particular, no es una única dimensión, sino que puede subdividirse según a quién o a qué se atribuye la falta de control.
Corresponde a las personas que creen que los resultados de su vida dependen de sus propias acciones y decisiones. Un ítem representativo de esta creencia es: “Es imposible para mí creer que la suerte juegue un papel importante en mi vida” (Medina y García Ucha, 2002). Quienes presentan este tipo de locus tienden a explicar su conducta en función de factores internos controlables y a asumir un rol más activo en la planificación de sus propias acciones.
Corresponde a las personas que atribuyen lo que les sucede a fuerzas fuera de su control, como la suerte, el destino o el poder de otras personas. Un ejemplo de creencia externa es: “Muchas veces yo siento que tengo poca influencia en las cosas que me suceden” (Medina y García Ucha, 2002). La investigación multidimensional posterior a Rotter distinguió, dentro de esta misma externalidad, dos fuentes distintas de falta de control: la atribuida a otras personas con más poder y la atribuida al azar o la suerte (Oros, 2005; Medina y García Ucha, 2002).
| Dimensión | Descripción | Ejemplo de creencia |
|---|---|---|
| Interno | La persona cree tener control sobre lo que le ocurre. | “Cuando realizo un plan, siempre tengo la certeza de que voy a trabajar en él”. |
| Externo — otros poderosos | La persona cree que su vida depende de los deseos y decisiones de quienes tienen más poder que ella. | “Mis planes de trabajo están sujetos a los deseos y opiniones de las personas con más poder que yo”. |
| Externo — azar/suerte | La persona cree que los resultados que obtiene son producto de sucesos fortuitos. | “Estoy sujeto a la buena o mala suerte”. |
Dimensiones según la escala IPC de Levenson (Medina y García Ucha, 2002).
La medida clásica es la Escala I-E de Rotter (1966), de 29 ítems de elección forzada entre un enunciado interno y uno externo (Visdómine-Lozano y Luciano, 2006). Sin embargo, esta escala fue perdiendo terreno frente a instrumentos multidimensionales que evalúan por separado la internalidad, la externalidad mediada por otros poderosos y la externalidad mediada por el azar, como la escala IPC, cuya superioridad frente a la escala original de Rotter ha sido demostrada en distintos estudios (Medina y García Ucha, 2002).
Además de esta distinción, existen escalas construidas específicamente para niños y para adolescentes, así como versiones aplicadas a ámbitos particulares como el trabajo, el deporte o la salud, lo que refleja que el locus de control no se comporta igual en todas las poblaciones ni en todos los contextos (Oros, 2005).
El tipo de locus de control que predomina en una persona está relacionado con su forma de afrontar el estrés y con su salud emocional. Quienes tienen un locus de control interno suelen mostrar mejor ajuste social, menor ansiedad y mayor autoeficacia, mientras que el locus de control externo se ha asociado a peor ajuste emocional, mayor percepción de amenaza y ha sido señalado como un posible predictor de enfermedad (Oros, 2005).
Esta diferencia se explica, en parte, por un patrón atribucional que funciona como uno de los sesgos cognitivos más estudiados en la psicología del rendimiento: existe una tendencia a atribuir los éxitos a factores internos y los fracasos a factores externos, protegiendo así la autoestima propia (Medina y García Ucha, 2002). En el ámbito laboral y deportivo, distintos estudios han encontrado correlaciones entre el locus de control externo y un mayor riesgo de burnout, dado que la persona percibe menos control sobre las situaciones ambiguas o difíciles que debe afrontar (Medina y García Ucha, 2002). No obstante, un estudio realizado con deportistas de alto rendimiento no encontró una relación estadísticamente significativa entre ambas variables, lo que muestra que esta asociación no es automática y puede variar según el contexto cultural y la población estudiada (Medina y García Ucha, 2002).
En el ámbito escolar, un ítem clásico de la escala de Rotter ilustra la diferencia entre ambos polos: ante la afirmación “Los niños se meten en problemas porque sus padres los castigan demasiado” (atribución externa) frente a otras que sitúan la responsabilidad en la propia conducta del niño (atribución interna) (Visdómine-Lozano y Luciano, 2006).
En el ámbito deportivo, un atleta con locus de control interno interpreta una derrota como algo que puede corregir con más entrenamiento y mejor planificación, mientras que un atleta con locus de control externo mediado por la suerte atribuirá ese mismo resultado a un mal día, al azar o a decisiones arbitrales, sin verlo como algo que dependa de su propio esfuerzo (Medina y García Ucha, 2002).
Porque conocer el propio patrón de locus de control ayuda a anticipar cómo se va a reaccionar frente al estrés, al fracaso y a las situaciones que escapan del propio control. Distintas investigaciones muestran que el locus de control interno se asocia a mejor rendimiento académico, mayor satisfacción laboral y mejor manejo del estrés, mientras que el locus de control externo se ha vinculado a mayor ansiedad, peor ajuste emocional y mayor vulnerabilidad al burnout en distintos entornos (Oros, 2005). Por eso, más que clasificar a alguien de forma rígida como “interno” o “externo”, lo relevante es identificar el balance entre las distintas dimensiones que conforman esta creencia, ya que ese balance es el que mejor predice el comportamiento de una persona ante los retos cotidianos (Oros, 2005).
El locus de control es la creencia sobre dónde se ubica el origen de lo que nos pasa: en nosotros mismos, en otras personas con poder sobre nuestra vida, o en el azar. Desde que Rotter lo formuló en 1966, la investigación ha mostrado que se trata de un constructo multidimensional, estrechamente relacionado con la atribución causal y con distintos sesgos cognitivos que protegen la autoestima, y con un peso real en el bienestar psicológico, el rendimiento y la vulnerabilidad al burnout (Medina y García Ucha, 2002; Oros, 2005; Visdómine-Lozano y Luciano, 2006). Entender el propio patrón de locus de control no sirve para etiquetarse, sino para reconocer en qué situaciones conviene fortalecer la sensación de control personal.
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