Ps. Javiera Estroz
Psicóloga, Universidad de Playa Ancha.
Última actualización:
Tiempo de lectura:10 minutos
No es solo disciplina: el frío, la falta de luz y las rutinas cambian, y con ellas la posibilidad de sostener el ejercicio

Con la llegada del invierno es frecuente escuchar frases como “me falta disciplina”, “otra vez deje de entrenar” o “simplemente no tengo fuerza de voluntad”. Estas explicaciones también aparecen con facilidad en redes sociales e incluso en algunos espacios relacionados con la salud, donde suele atribuirse el abandono del ejercicio casi exclusivamente a una menor motivación o compromiso personal.
Esta forma de comprender el problema resulta atractiva porque favorece una explicación simple para el comportamiento complejo. Si una persona deja de ejercitarse, la respuesta parece evidente “no persevero lo suficiente”. Sin embargo, esta interpretación desplaza toda la responsabilidad hacia el individuo y deja en segundo plano una variable que, desde la psicología, resulta imposible ignorar y es el contexto en el que las personas intentan cambiar.
Cuando hablamos de cambio de comportamiento, rara vez una sola variable explica por sí misma lo que ocurre. Las conductas no aparecen aisladas del ambiente, sino que se desarrollan en interacción con factores biológicos, psicológicos y sociales. La manera en que la persona duerme trabaja, organiza su tiempo, percibe su energía, enfrenta el estrés o dispone de espacios para ejercitarse influye constantemente en la posibilidad de sostener un hábito. Desde esta perspectiva, esperar que la disciplina explique por sí sola la adherencia al ejercicio parece una simplificación de un fenómeno considerablemente más amplio.
Quizás uno de los riesgos de insistir únicamente en la fuerza de voluntad es que terminamos interpretando el abandono de una hábito como un fracaso personal. En consulta, no es extraño escuchar personas que concluyen que “son flojas”, “que nunca terminan lo que empiezan” o que “no sirven para tener hábitos saludables”. Sin embargo, estas explicaciones muchas veces reflejan atribuciones que las propias personas realizan sobre sí mismas y que pueden aumentar la culpa, disminuir la percepción de autoeficacia y dificultar aún más la posibilidad de retomar el cambio.
Esto no significa que la disciplina carezca de importancia. Evidentemente, mantener una rutina requiere constancia y compromiso. La pregunta es otra ¿es suficiente la disciplina para explicar por qué durante el invierno tantas personas abandonan el ejercicio al mismo tiempo? Si un fenómeno se repite de manera consistente en distintas poblaciones y contextos, probablemente la explicación también deba ir más allá de las características individuales.
Por ello, antes de atribuir la dificultad para mantener el ejercicio exclusivamente a la falta de voluntad, quizás resulte necesario preguntarnos si las personas realmente enfrentan las mismas condiciones para sostener ese hábito durante todo el año. Esa pregunta, más que disminuir la responsabilidad individual, invita a comprender el comportamiento humano desde una perspectiva más amplia y contextualizada, coherente con la forma en que la psicología entiende los procesos de cambio
Si la dificultad para mantener el ejercicio durante el invierno se explicara únicamente por la disciplina, sería esperable que este fenómeno dependiera exclusivamente de las características individuales de cada persona. Sin embargo, la evidencia muestra un patrón distinto. La disminución de la actividad física durante los meses de invierno se observa de manera consistente en diferentes países y poblaciones, lo que sugiere que el contexto estacional también influye en la forma en que las personas sostienen sus hábitos.
En una revisión sistemática, Garriga et al. (2022) analizaron la evidencia disponible sobre estacionalidad y actividad física, concluyendo que los niveles de actividad física tienden a disminuir durante el invierno, mientras que el comportamiento sedentario aumenta. A partir de estos hallazgos, los autores plantean que las variaciones estacionales no deberían entenderse como un elemento secundario, sino como un factor que debe considerarse al momento de diseñar estrategias para promover actividad física.
Quizás el aporte más relevante de este estudio no sea únicamente demostrar que las personas realizan menos ejercicio durante el invierno. Lo verdaderamente interesante es que cuestiona la idea de que el comportamiento humano depende exclusivamente de “voluntad”. Si un mismo patrón se observa repetidamente en distintos contextos geográficos y culturales, probablemente estamos frente a un fenómeno que trasciende las diferencias individuales. En otras palabras, las personas no intentan construir hábitos en un escenario neutro, sino que lo hacen en un ambiente que puede facilitar o dificultar su mantenimiento
Esta idea resulta especialmente pertinente para la práctica clínica. Con frecuencia se insiste en aumentar la motivación o fortalecer la disciplina como principales estrategias para favorecer la adherencia. Sin embargo, cuando el contexto cambia, también cambian las condiciones desde las cuales una persona intenta sostener una conducta. Durante el invierno disminuyen las horas de luz, aumentan las precipitaciones y las bajas temperaturas, se modifican los tiempos de traslado y muchas actividades al aire libre dejan de ser igual de accesibles. Estos factores no determinan comportamiento, pero sí pueden aumentar el esfuerzo necesario para mantener una rutina.
En Chile, esta reflexión adquiere aún mayor relevancia. Alvarado et al. (2023) estudiaron a personas residentes en Punta Arenas, una ciudad caracterizada por presentar marcadas variaciones estacionales en la cantidad de luz y en las condiciones climáticas. Sus resultados mostraron que una mayor sensibilidad a los cambios estacionales se asociaba con un menor bienestar psicológico y que quienes realizaban actividad física de mayor intensidad presentaban una menor sensibilidad estacional. Si bien el estudio no permite establecer relaciones de causa u efecto, si evidencia que la actividad física y la estacionalidad y el bienestar psicológico forman parte de un mismo fenómeno que merece ser comprendido de manera integrada.
Estos hallazgos invitan a replantear una idea que suele instalarse con facilidad en el discurso cotidiano, y es que “todas las personas parten desde el mismo lugar al intentar cambiar un hábito”. En realidad, las condiciones ambientales no afectan por igual a todos. Mientras algunas personas adaptan sus rutinas con facilidad, otras enfrentan barreras relacionadas con su salud, contexto familiar, sus horarios laborales, recursos económicos o incluso con la forma en que experimentan los cambios estacionales. Comprender estas diferencias no implica justificar el abandono del ejercicio físico, sino reconocer que el comportamiento humano siempre ocurre dentro de un contexto determinado.
Desde esta perspectiva, quizás el desafío no consistente únicamente en fortalecer la disciplina, sino también en aprender a identificar aquellas condiciones que facilitan o dificultan que un hábito pueda mantenerse cuando el entorno cambia.
Existe un amplio consenso respecto los beneficios de la actividad física para la salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que la práctica regular de ejercicio contribuye a mejorar el bienestar psicológico, disminuir síntomas de ansiedad y depresión, favorecer la calidad del sueño y proteger la salud cognitiva. Asimismo, recomiendan que las personas adultas acumulen entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física aeróbica de intensidad moderada, complementados con ejercicios de fortalecimiento muscular al menos dos veces por semana.
Sin embargo, conocer la evidencia no siempre se traduce en un cambio de comportamiento. La mayoría de las personas no desconoce que el ejercicio hace bien. Por el contrario, probablemente pocas recomendaciones en salud sean tan conocidas como esta. El desafío, entonces, no parece estar en la falta de información, sino en la dificultad para sostener esa conducta cuando el contexto cambia.
Aquí es donde, como profesionales de la salud, vale la pena detenernos a reflexionar. Muchas veces entregamos recomendaciones correctas desde el punto de vista científico, pero asumimos que todas las personas cuentan con las mismas oportunidades para llevarlas a cabo. Decimos “haz ejercicio”, pero pocas veces preguntamos cómo, cuándo, dónde o con qué recursos esa persona podría hacerlo. En otras palabras, la recomendación puede ser adecuada, pero la intervención termina siendo poco contextualizada. Esta diferencia resulta especialmente relevante durante el invierno. Si una persona termina su jornada laboral cuando ya oscureció, vive en un lugar donde existen bajas temperaturas para realizar actividad física al aire libre o dispone de poco tiempo debido a las responsabilidades familiares, insistir únicamente en la importancia del ejercicio puede terminar generando frustración. No porque la recomendación sea incorrecta, sino porque las condiciones para implementarla cambiaron.
En este sentido, Elbe et al. (2019) recuerdan que la relación entre actividad física y salud mental tampoco responde a la lógica de “mientras más ejercicio, mejor”. Al revisar la evidencia disponible, los autores destacan que los beneficios para la salud mental se observan principalmente cuando la actividad física logra mantenerse de manera regular y sostenible, más que cuando se persiguen rutinas excesivamente exigentes.
Esta idea tiene implicancias clínicas importantes. Cuando entendemos que el objetivo no es alcanzar un rendimiento perfecto, sino favorecer la continuidad del hábito, también cambia la manera en que acompañamos a las personas. Tal vez durante el invierno no sea necesario mantener exactamente la misma rutina que en verano. Reducir la duración de una sesión, modificar el horario, cambiar el tipo de actividad o buscar alternativas bajo techo puede representar una adaptación saludable y no un retroceso.
Desde esta perspectiva, promover actividad física deja de significar únicamente recomendar ejercicio. También implica ayudar a las personas a identificar barreras, flexibilizar expectativas y construir estrategias que les permitan sostener el hábito incluso cuando las condiciones dejen de ser ideales. Probablemente ahí radique una de las diferencias más importantes entre entregar información y facilitar un cambio de comportamiento.
La discusión sobre el ejercicio durante el invierno trasciende la actividad física. En el fondo, plantea una pregunta más amplia ¿cómo explicamos las dificultades que tienen las personas para sostener un cambio? Con frecuencia, cuando alguien no logra mantener un hábito saludable, la explicación suele centrarse en características individuales como la disciplina, la motivación o el compromiso. Sin embargo, desde la psicología sabemos que las conductas rara vez pueden comprenderse de manera aislada. Las personas toman decisiones dentro de un contexto determinado, enfrentando barreras y facilitadores que cambian a lo largo del tiempo. Ignorar esa interacción puede llevarnos a simplificar un fenómeno que, por naturaleza, es complejo.
Esta mirada no pretende disminuir la responsabilidad individual ni sugerir que el contexto determina completamente el comportamiento. La disciplina continúa siendo un componente importante para sostener hábitos saludables. No obstante, reconocer la influencia del ambiente permite comprender que las personas no siempre parten desde el mismo lugar ni cuentan con las mismas oportunidades para cambiar. Desde esta perspectiva, responsabilizar exclusivamente al individuo puede generar interpretaciones parciales e incluso reforzar sentimientos de culpa cuando el cambio no ocurre como se esperaba.
En la práctica clínica, esta diferencia resulta especialmente relevante. Comprender las barreras que enfrenta una persona permite construir objetivos más realistas, ajustar expectativas y favorecer intervenciones acordes con su realidad. Tal vez el desafío no sea pedir que todas las personas mantengan exactamente la misma rutina durante el invierno, sino ayudarlas a identificar formas de adaptar ese hábito a las condiciones de esta estación. En algunos casos, eso significaría reducir la duración del entrenamiento, modificar el horario , cambiar el tipo de actividad o simplemente aceptar que sostener una versión más flexible del hábito también constituye un avance.
Esta forma de comprender el comportamiento humano también invita a revisar nuestro propio lenguaje como profesionales. Expresiones como “solo falta organizarse”, “todo depende de la disciplina” o “si realmente quisiera, lo haría” pueden parecer inofensivas, pero transmiten una visión reduccionista del cambio. Quizás el mayor aporte de esta discusión sea recordar que promover salud mental no consiste únicamente en recomendar conductas saludables, sino comprender las condiciones que permitan sostenerlas. La actividad física seguirá siendo una de las estrategias con mayor respaldo para favorecer el bienestar físico y psicológico. Sin embargo, su promoción será probablemente más efectiva cuando además de explicar sus beneficios, seamos capaces de reconocer las barreras concretas que enfrentan las personas y acompañarlas en la búsqueda de alternativas posibles.
Porque, al final, el desafío no consiste únicamente en que las personas hagan mas ejercicio durante el invierno. El verdadero desafío es comprender que el comportamiento humano siempre ocurre en un contexto, y que intervenir sobre ese contexto puede ser tan importante como fortalecer la motivación individual. Tal vez sea precisamente esa mirada, más amplia, más contextualizada y menos centrada en la culpa, la que nos permita promover cambios que no solo comiencen con entusiasmo, sino que también logren mantenerse en el tiempo.
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